Lo primero que pienso es que los salteños y las salteñas -al menos los más pragmáticos y las más racionales- demandan de sus gobernantes menos sentimentalismo y más eficiencia.
El amor por el terruño es algo que se puede expresar muy de vez en cuando, pero no a cada rato, como si alguna gente todavía dudara de la capacidad de su Gobernador para amar la tierra que pisa y que lo vio nacer.
Nos reunimos con los equipos técnicos del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, con quienes hicimos una revisión integral de los proyectos que trabajamos en conjunto para nuestra querida provincia de Salta 🙌🏻 pic.twitter.com/BxnkQrq4TT
— Gustavo Sáenz (@GustavoSaenzOK) November 3, 2021
Pero también se sabe -los ciudadanos saben- que en nombre del amor -sobre todo cuando es tan intenso y pasional- se pueden cometer muchísimas tonterías. Algunas de ellas, con efectos irreversibles.
Por aquí por donde me muevo a diario no he escuchado hablar de “mi querida España”, más que en una conocida canción de Cecilia, el pseudónimo de la estupenda cantautora madrileña Evangelina Sobredo, prematuramente fallecida a los 27 años en 1976.
Tampoco al presidente Emmanuel Macron le he escuchado referirse a su país como Mon cher pays o al Primer Ministro Boris Johnson hablar de my beloved country.
A veces pienso que querer tanto a Salta es más el principio de un problema que una solución a nuestros problemas reales.
Para servir mejor a Salta (a los salteños y a las salteñas) no es necesario recordarles todos los días el amor eterno e incondicional que se les profesa. En condiciones normales, cualquiera preferiría que un gobernante cultivase más su vocación de servicio que sus sentimientos íntimos, aunque estos fuesen bellos y sublimes.