current
humidity
  • El fin del mundo
  • La noticia de las reuniones en las que han compartido mesa y mantel destacadas figuras del ultrakirchnerismo salteño con sus homólogos de la ultraderecha local ha sido presentada por algunos como una «demostración indubitada» de que el gobierno de Gustavo Sáenz en Salta hace agua por los cuatro costados.
Asado de los conjurados
Asado de los conjurados

Los que han asistido a estas fantasmagóricas reuniones -y, sobre todo, quienes las han aplaudido sin asistir a ellas- dicen que en estas mesas contra natura se ha sentado nada menos que la «oposición» al gobierno provincial.


Sin embargo, las dos premisas fundamentales que sostienen estos apresurados y eufóricos juicios distan mucho de tener la solidez que se requiere para especular ahora mismo con un cambio de cierta importancia en la dirección política de la Provincia de Salta.

Empezaré por el final, ya que el cartel de «oposición» que arbitrariamente se ha querido colgar del cuello de los conjurados no responde a la realidad de los hechos.

Un acercamiento entre dirigentes de muy diferente signo político (no podemos hablar de «fuerzas políticas» porque cada uno no representa a nadie más que a sí mismo) y presidido por el oportunismo más impresentable puede levantar suspicacias de un lado y propiciar entusiasmos breves del otro, pero muy difícilmente pueda fructificar en la erección de una oposición seria y democrática.

En cuanto a la «calidad» del gobierno de Gustavo Sáenz, se puede decir que -más allá de sus errores- el hombre está empeñado en gobernar y llevar a buen puerto la nave del Estado, mientras que, por el contrario, los conjurados solo buscan repartirse los espacios de influencia (de poca influencia) que existen en el precario entramado de poder de la Provincia de Salta. Más que llamar «oposición» a estas efímeras coincidencias, convendría llamarlas «pacto transversal para la conquista del presupuesto».

Que el gobierno de Sáenz necesita un chute de eficiencia democrática no es un secreto para nadie. Pero, hasta aquí, con una grave crisis sanitaria en los departamentos del noreste provincial, una pandemia que ha dejado miles de muertos, una crisis energética casi nunca vista, una inflación galopante y una sequía brutal, que se han sucedido en el tiempo pero que también se han superpuesto, pocas dudas hay acerca de que el gobierno (inconexo y dubitativo) de Gustavo Sáenz obtiene un aprobado con 5.

Sería un buen ejercicio para los conjurados, pero también para el gran público elector que lo mira por TV, recordar que con muchas menos calamidades en el horizonte (y con mucho más tiempo para meter la pata y mucho más poder para hacer lo que les saliera de las narices), los gobiernos de Juan Carlos Romero y Juan Manuel Urtubey fueron decididamente mucho peores.

Muy mal lo tienen que haber hecho los dos anteriores gobernadores para que sus administraciones (24 años en total, que se dice pronto) hayan dejado un lastimoso reguero de pobreza y marginalidad que aún se esparce sin control por nuestros valles subandinos y que ha hundido el prestigio de Salta a nivel internacional.

Los dos exgobernadores, a su turno y a su modo, se han beneficiado de lleno de la primavera kirchnerista, que en su día permitió a otras provincias con gobernadores más inteligentes progresar en una mínima medida, pero que en Salta solo ha servido para engordar aún más a los peces gordos de siempre. ¿Por qué no se le pregunta más a Urtubey sobre el dinero del Fondo de Reparación Histórica y sus obras inconclusas o inexistentes?

El esperpento de los dos gobiernos anteriores es, a pesar de todo, la principal baza de Gustavo Sáenz; lo que le permite erguir la barbilla y no arrodillarse frente al peso del pasado. No es un gran consuelo, pero al menos sirve para hacer resaltar, por contraste, la figura del actual Gobernador, que, por lo que sea, se ha resistido a envolver su gestión en el celofán mayestático con el que Romero primero y Urtubey después disfrazaron a sus gobiernos para hacer creer a los salteños, con sus brillos engañosos y baratos, que vivían en Disneylandia.

Para muchos salteños y salteñas, es bueno (y casi muy bueno) que Sáenz haya renunciado a ser el Ratón Mickey de la tercera versión de la misma película. Y casi tan bueno como lo anterior, que el actual gobernador se haya enfundado el jardinero desgastado del poco agraciado y siempre servicial Tribilín.

Probablemente el error más notable del gobierno de Sáenz (del grupo de incondicionales que le rodea) haya sido su falta de acierto a la hora de forjar una oposición firme a su gobierno, capaz de erigirse en alternativa en cualquier momento. Cuando Sáenz se hizo cargo de la oficina en diciembre de 2019 se encontró con una legión de malheridos diseminados por el camino. Eran las bajas de una guerra que nunca llegó a estallar y que produjo una ingente cantidad de víctimas después del sonoro fracaso de Urtubey en su intento de tomar por asalto los cielos. Los desheredados del romerismo, pertenecientes a la misma cantera sociológica, encontraron cobijo en el siempre flexible y nunca bien auditado presupuesto municipal, ya que el cupo de asesores en el Senado de la Nación ya estaba cubierto y bien cubierto.

Aproximadamente entre 25.000 y 30.000 hambrientos hicieron cola virtual portando una gorra invertida en sus manos, a la espera de que Sáenz les abriera las puertas del presupuesto y les aclarara el futuro. ¿Cómo pagar el colegio privado de los hijos? ¿Cómo sufragar los gustos de una mujer (o un marido) gastador/a? ¿Cómo y por qué razón se me ha privado de las prebendas de las que solo hasta ayer disfrutaba?

Muy pocos de los que allá por comienzos de 2020 se formularon estas preguntas existenciales fueron acogidos por la generosa Pachamama presupuestaria (por la chequera de Sáenz); el resto decidió al final dispersar la cola, con la gorra (y el estómago) vacíos. Los que se quedaron afuera del reparto se llaman hoy a sí mismos opositores al gobierno de Gustavo Sáenz y sueñan con que el actual Gobernador se desbarranque en las próximas elecciones o, incluso más, que reviente la carrocería en la siguiente curva.

Dicen que buscan un futuro mejor para Salta. Sin dudas que lo buscan; pero no nos detengamos a desentrañar qué significan para ellos las palabras «futuro» y «mejor», porque probablemente las dos coincidan con lo que nosotros pensamos de ellas. Detengámos en cambio a pensar qué significa la palabra «Salta», pues mientras que para Sáenz evoca una realidad colectiva compleja, plural e inclusiva, para los conjurados Salta son ellos, su bienestar, sus propiedades, sus familias y -como en el caso de Romero y Urtubey- sus «nuevas generaciones», que todo el mundo sabe son cada vez más numerosas y necesitadas de poder para manetener sus privilegios ancestrales. Mientras a ellos les vaya bien, no importa que un millón y medio de salteños y salteñas padezca por su aguda miopía y su falta de conciencia social.

El día en que se unan -aunque sea para acabar con Sáenz- los kirchneristas Sergio Napoleón Leavy, Mauro Sabaddini, Verónica Lía Caliva y Emiliano Estrada, los neoconservadores Romero padre y Romero hija, los nacionalistas católicos más desleídos y crepusculares como Urtubey padre, Urtubey hermano, Urtubey hijo y Cristina Fiore, y los olmedistas más radicales y alborotadores, como el diputado Carlos Zapata, ese día seguramente se acabará el mundo.

A muchos, entre los que me incluyo, no nos gustará estar allí para verlo. Por eso, en estos momentos no hay dudas de que apostar por la complicada ecuación saencista (con todos sus conocidos defectos) es el antídoto más eficaz para contrarrestar el veneno que pretende inocular la oligarquía parasitaria de toda la vida, que, renacida de sus cenizas cual moderno Ave Fénix, pretende meter a Salta en la licuadora centrífuga del túnel del tiempo, pero no para abrazar el futuro con el que tanto soñamos, sino para dormir la siesta eterna del pasado, de ese pasado injusto que todavía nos duele.

Destacado