Añade la publicación: «Es domingo al mediodía, la temperatura alcanza los 29 grados y la escena se repite en muchas casas: niños y adultos disfrutan de sus piletas Pelopincho».
En particular, una de estas piletitas promocionadas en el citado estudio -cuyo precio ha sido fijado en 17.999 pesos- mide 220 cm de largo, por 150 cm de ancho y 60 cm de alto. Es decir, que su llenado requiere la nada despreciable cantidad de dos metros cúbicos de agua, que es el volumen que ocupan dos mil litros de agua.
Si tenemos en cuenta que un solo camión cisterna, pequeño, como los que está utilizando la empresa Aguas del Norte para abastecer de forma extraordinaria a las familias residentes en los barrios más afectados por la escasez de agua, transporta entre 5.000 y 10.000 litros, se puede llegar a la conclusión de que una sola familia con una pelopincho no mucho más grande que una cama de dos plazas puede consumir entre la mitad y la quinta parte de uno de estos camiones.
Y eso, por no hablar de las piletas más grandes y más caras.
Teniendo en cuenta estos cálculos, se podría decir que el uso de pequeñas piscinas en los hogares es de algún modo insolidario, porque normalmente no tiene en cuenta que hay personas que no pueden llenar ni un balde con el agua que fluye por sus cañerías.
Pero como no se puede generalizar, lo que cabe afirmar, sí, es que la promoción de este tipo de «refresco» por parte de un medio de comunicación masiva es cuanto menos irresponsable.
Las pelopinchos no son un bien de primerísima necesidad, como tampoco lo es el pan dulce en Navidad o los conejos de chocolate en Pascuas. Pero mientras se puede consumir estas golosinas sin dañar a nadie -siempre y cuando se las pueda pagar- el consumo estimulado de pelopinchos trae aparejado el riesgo del uso abusivo de un recurso fundamental, escaso y absolutamente necesario, que, por las razones que sea, se encuentra atravesando un pico de escasez.

