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  • Nuevos tiempos
  • Los salteños somos un pelín conservadores a la hora de elegir nombres para un negocio. Nos arriesgamos con la inversión, con las instalaciones físicas y el sueldo de los empleados, pero jamás con el nombre.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

O llamamos a los nuevos establecimientos «Del Milagro», «De las Nubes» o «Güemes», o los augurios no serán precisamente buenos.



Las farmacias ya no se llaman «Fleming», ni las heladerías «Semifreddi»; ahora se llaman «Fortín Tuscal de Velarde» o «Peregrinos de San Antonio de los Cobres».

El «salteñismo», otrora comprimido en los manuales de 4º grado de la primaria, ahora abarca de 1º hasta 7º. De ahí, probablemente, que nuestro abanico de nombres para negocios se haya achicado mucho.

Lo que sí parece muy interesante es llamar a un crematorio con el nombre de «Güemes», que prácticamente jamás de ha utilizado para una instalación fúnebre, aunque esta sea de animales domésticos.

Y más interesante todavía es que se promocione los incinerantes servicios del crematorio como una forma de dar «un último adiós con amor y dignidad para nuestras mascotas queridas».

Hace 53 años, a orillitas del canal

¿Cómo hacían antes los salteños para despedir a sus mascotas fallecidas?

Hay que remontarse al año 1972 y situar la escena en la calle Esteco, pasando la San Martín, hacia el Sur, cincuenta metros antes de la calle Mendoza.

Haciendo diagonal con Balderrama, funcionaba en el lugar una estrecha hilera de kioscos en los que distintas «firmas» vendían exquisitas empanadas fritas. Entre ellas, varias campeonas.

Años después, un mal entendido y peor practicado «progreso» transformó aquel espacio tan radicalmente salteño en el «Patio de la Empanada», famoso por sus peleas internas, su pésimo diseño arquitectónico y por las calamidades de su gestión pública.

A comienzo de los años 70, cuando los parroquianos todavía tenían que hacer equilibrios para no caerse dentro del canal mientras se comían una media docena con un vasito de tinto, todo era más auténtico y familiar; menos «municipal», con todo lo que ello significa.

Una de las empanaderas más celebradas del canal vivía justo enfrente, detrás de un gran portón verde que separaba la intimidad de su familia del bullicio de la calle, los homeless del canal y el trasiego empanaderil.

Un día de invierno, dos hermanos salteños se presentaron hambrientos en el lugar para almorzar un par de docenas, pero eran ya las 3 de la tarde y todos los kioscos habían colocado los lustrosos taburetes sobre las mesas prolijamente plastificadas. Ninguna empanadera freía sus manjares ya a esas horas.

Cuando los hermanos se disponían a abandonar apesadumbrados el desierto lugar, vieron a la empanadera que vivía al otro lado de la calle salir de su casa con una gran bolsa de mercado colgando de sus manos.

El más atrevido de los hermanos se abalanzó sobre ella y le exigió que le preparara allí mismo unas empanadas. «Usted debe llevar recado en esa bolsa, señora», le dijo a la sorprendida mujer.

Ante la insistencia de su cliente, la empanadera le aclaró: «No, Ramiro. Aquí adentro llevo un gato muerto».

Evidentemente, la señora se proponía deshacerse del cadáver del felino en las profundidades del canal de la calle Esteco.

No había en su mirada ningún signo de maldad o de crueldad hacia los animales. Tirarlo al canal para que la corriente se lo llevara pacíficamente hacia la desembocadura en el Arenales era, hace cincuenta y tres años, era todo un ritual fúnebre, a la antigua usanza, respetuoso con el medio ambiente y demandante de muy poca energía fósil.

Era la forma que teníamos los salteños de darle «un último adiós con amor y dignidad a nuestras mascotas queridas».

Cualquiera otra ya hubiera hecho empanadas con los restos del gato.



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