Pero los gauchos carecen de lo que se conoce como «poder de imperio». Algunos no mandan ni en su casa, en donde la frase más escuchada es «Sí, querida». De hecho, tienen (o deberían tener) con «el imperio» una relación de odio.
Algo parecido pasa con los cuarteles de bomberos voluntarios, que en el mejor de los casos funcionan como asociaciones civiles, y, en la práctica totalidad de los casos, como clubes de amigos, solidarios, valientes, indispensables; pero no forman parte del entramado institucional del Estado.
Hay en Salta —como en otras partes del mundo— bomberos profesionales y muy profesionales. No creo que se sientan muy bien que digamos cuando en las noticias oficiales se menciona a los bomberos voluntarios antes que a ellos, cuando generalmente trabajan juntos y de forma «articulada» en las principales catástrofes.
Si bien en la lucha contra el fuego casi nadie entra a distinguir entre bomberos según si cobran o no cobran sueldo, en «tiempos de paz» correspondería recordar que, así como a los gauchos no se le aplica el Código Penal Militar, a los bomberos voluntarios no se le aplica el Derecho Administrativo, reservado para los bomberos profesionales.
Todo esto nos revela que, en Salta es tan importante la autoridad como la mera apariencia de autoridad. Tanto lo es, que muchas veces —especialmente en el Departamento de Anta— hay quien se disfraza de gendarme y empieza a cobrar multas a los camioneros en la ruta.
Por eso, cuando a nuestra puerta toca una persona que vende «rifas para los bomberos» conviene enterarse bien de qué tipo de bomberos se trata, porque estaría bueno que, además de los impuestos que pagamos para sostener al Cuerpo de Bomberos de la Policía de Salta, tengamos que engordar sus arcas con rifas y sorteos.
Que un bombero profesional viva de los bingos es muy parecido a que los gauchos coman y beban a cuenta de los presupuestos del Estado.
Si hay ayudas y solidaridad, que estas se dirijan a los bomberos voluntarios, que son quienes realmente las necesitan.
