Curiosamente, no tuve la suerte de conocerlo personalmente. Nunca el placer de estrechar su mano o de fundirme en un abrazo con él. Por supuesto, nada de esto ha sido ni será obstáculo para que le dispense a Álvaro, ya por siempre, una admiración sincera, como tampoco lo será el hecho de que nunca más sea posible que nos tomemos ese café en Madrid que nos prometimos unas cuantas veces.
Creo que más allá del respeto, él y yo sacamos buen partido de nuestra inesperada sintonía, pues yo enriquecía mis observaciones sobre la realidad política y social de Salta con sus agudas aportaciones, mientras que él leía con atención mis artículos y de vez en cuando tenía la deferencia de consultar mi opinión sobre algunos asuntos de su interés. Yo le agradezco ambas cosas.
Quiero recordar aquí también que Álvaro fue una de las primeras personas que me entrevistó en su programa de radio desde mi reemigración en 2001. Me demostró que mis opiniones le interesaban. Me hizo sentir —dentro de mi imperdonable intrascendencia— importante y escuchado.
En más de una ocasión recordamos que tanto él como yo (separados solo por un par de años) vivimos como adolescentes inquietos y curiosos ciertos acontecimientos dramáticos del país. Lo hicimos desde lugares muy diferentes, como todo el mundo puede comprender. Aquello no fue motivo para que no pudiéramos coincidir en mil enfoques, sobre el pasado y sobre el presente, pero, sobre todo, sobre el futuro, que nos preocupaba a los dos en idéntica medida.
Su prematura partida me ha dejado la sensación de haber tratado a la distancia con un hombre cabal como pocos, con un ser humano que anteponía su dimensión cívica a cualquier cálculo mezquino, con alguien que amaba apasionadamente a su familia, tanto como a la tierra que adoptó como suya, y que miraba los acontecimientos desde un prisma crítico y nada complaciente, ni siquiera consigo mismo.
Ojalá que mis coincidencias con Álvaro Ulloa de la Serna sirvan para demostrar a muchos escépticos que la generosidad, la franqueza, la amplitud de miras, el compromiso cívico y la cualidad de buenas personas no son absolutamente incompatibles con el ejercicio activo de la política, tan devaluada hoy por la pérdida de valores y el protagonismo de seres deshumanizados y egoístas.
¡Descansa en Paz, querido Álvaro!
