Según la misma información, el galardón —hasta ahora desconocido por el gran público— pretende reconocer a mujeres que, «desde sus respectivos ámbitos, impulsan transformaciones signficativas en la sociedad».
Por debajo de esta primera sorpresa, aparece una segunda.
La noticia oficial de la Corte dice que, con esta distinción, «el Poder Ejecutivo resalta el compromiso de Teresa Ovejero en la conducción de la Corte de Justicia, subrayando su rol en el fortalecimiento institucional y la apertura de espacios de liderazgo para las mujeres en el ámbito judicial».
En primer lugar, el premio no ha sido instituido por el «Poder Ejecutivo» (el Gobernador) sino por uno de sus ministros, que, lógicamente, no es «el Poder Ejecutivo».
Pero aunque el firmante de la Resolución n.º 70/26 del Ministerio de Gobierno y Justicia no ejerza tal poder, ni de refilón, conceder un premio a la presidenta de la Corte de Justicia por la «conducción» del tribunal que ejerce como guardián de la Constitución y última instancia de control del poder político, representa una grave transgresión al principio de la separación de poderes.
Y no solo eso: También compromete innecesariamente la independencia de la señora Ovejero Cornejo, que de ningún modo debió haber aceptado el galardón, justamente, para preservar su independencia y conservar su distancia con el poder político.
¿Se abstendrá (o se «excusará», como se dice en Salta) la señora Ovejero la próxima vez que aterrice sobre su mesa un expediente en el que se controviertan derechos del gobierno provincial que la ha premiado?
Como he dicho, la trayectoria de la doctora Ovejero es digna del mayor encomio, pero no es el gobierno el sujeto más adecuado para ponerla de manifiesto ni recompensarla de ningún modo.
Si hay algún espacio institucional abiertamente refractario a los liderazgos, este es el Poder Judicial, en donde se supone que los jueces no se organizan jerárquicamente por capacidad de liderazgo sino por competencias y por grado jurisdiccional. Dicho en otros términos, su autoridad no depende del «arrastre» que tengan.
Es precisamente en el ámbito judicial en donde la igualdad entre la mujer y el hombre debería ser más plena, objetivo para el cual la promoción de liderazgos (sean estos femeninos o masculinos) es sin dudas el camino más desaconsejable.
En mi ya larga vida profesional no he conocido a jueces líderes ni a jueces liderados. Cualquiera que se reconociera como tal no haría otra cosa que destruir la imagen —ciertamente idílica— de un grupo selecto de servidores públicos dedicados en cuerpo y espíritu a observar la ley y hacer cumplir sus preceptos.
Creo que puedo decirlo más claro con el siguiente ejemplo: Pedro García Castiella puede «liderar» a los fiscales, porque la ley que organiza el Ministerio Público Fiscal lo autoriza expresamente. En cambio, Teresa Ovejero Cornejo no puede liderar a los jueces, sean estos mujeres, hombres o seres sintientes no-binarios.
Si todos somos iguales ante la Ley, no hay adalides en la tarea de hacerla cumplir.
Sinceramente, a mí me gustaría saber si la señora jueza doña María Alejandra Gauffin, así como la más discreta e ignota jueza de Primera Instancia, se sienten sinceramente «lideradas» por la señora Ovejero. Tal vez, el premio del Ministro de Justicia fue discernido después de haber hecho pasar de oficina en oficina esas hojitas que nadie se puede resistir a firmar.
Si realmente así ocurriera, la imagen tanto de la una como de las otras se desdibujaría bastante en mi imaginación.