Y me lo pregunto porque hace solo unos días atrás, un señor que fue jefe del Ejército Argentino se refirió a nuestro General con el insultante apelativo de «el caudillo»; el mismo sobrenombre que en sus buenas épocas utilizaban los más serviles incondicionales el generalísimo Francisco Franco, para adularlo.
La campaña de marketing histórico desatada durante las dos décadas pasadas proporcionó, eso sí, empleo, sueldo y prestigio a unos güemesianos que hoy ni siquiera han reaccionado (o han guardado vergonzoso silencio) frente la caricatura del héroe gaucho efectuada por un militar retirado de alto rango.
No estoy muy seguro de que la operación posicionadora de Güemes no haya sido, en realidad, solo una excusa para extender su gloria patriótica a algunos inútiles, doscientos años después de su muerte, la necesitan para no perecer ni caer en el olvido.
Veo con auténtica tristeza que los salteños han ganado muy poco con esta operación bicentenaria de duración vicenal. Apenas un feriado y poco más, porque de turismo, ya ven, nada de nada.
No me olvido, por supuesto, de aquellos salteños (afortunadamente pocos) que se han forrado a costa del héroe: unos con el cuento de su «posicionamiento» (porque consideraban que Güemes estaba peligrosamente underated); otros con la impresora 3D con la que fabricaron bustos de Güemes como en una máquina de hacer chorizos.
Pero Güemes, pobre, no ha participado de aquellas dudosas ganancias. Tengo la impresión de que antes era más querido y respetado en su propia tierra de lo que lo es ahora. El que sus descendientes vivos sean hoy más «visibles» o más «influyentes» que hace tres décadas es un beneficio para ellos (los descendientes), pero no para el genearca.
En mi opinión, Güemes no es «más grande» ahora ni «más importante» de lo que lo fue siempre. Central Norte no sería más grande o más importante si consiguiera ganar el Torneo Apertura, o incluso si llegara a conquistar la Libertadores. La «gloria» cuerva —algo menos imperecedera que la de Güemes, por supuesto— mantiene latiendo los corazones de los hinchas salteños más o menos al mismo ritmo.
Con gusto, lideraría una campaña para que se declarara a Martín Miguel de Güemes héroe local de la calle Balcarce al 200 y, si acaso, de algunas cuadras a su alrededor. Una campaña que nos devolviera al héroe cercano, al héroe amigo, al héroe tangible y humano que perdimos con tanto márketing «galáctico». Una campaña que contribuyera a deshacer esa figura de superhéroe de historieta o de sucedáneo de Jesucristo que se propala y se alienta en algunas escuelas, en donde los niños, preguntados por quién era Güemes, suelen responder: «Era un señor que dio la vida por nosotros».
Y en un día como hoy, pienso que hace falta levantar la voz para denunciar a esos ridículos que le desean «felicidades» a Güemes y por lo bajo le cantan la canción de cumpleaños de los payasos Gaby, Fofó y Miliki.
Sin dudas, la de hoy es una fecha para celebrar un acontecimiento histórico: el nacimiento del salteño más importante de la historia; lo que, se me ocurre, deben hacer principalmente los salteños y salteñas, sean hinchas de Central Norte, de Juventud o de Gimnasia. Mi modelo de «adoración» —si se me permite comparar— es el de esas discretas damas que año tras año, y desde hace más de un siglo, confeccionan pacientemente la hermosa cama de claveles rojos y blancos que adorna los pies de las Imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro durante los días de su culto. Sería absurdo pensar que una tarea como esa deba ser llevada a cabo por floristeras «venidas de Buenos Aires», solo para demostrar que nuestros Santos Patrones son un motivo de devoción milagrera «nacional».
Pienso que no debemos obligar —menos aun por decreto— a quien no lleve «el poncho bien puesto» a admitir una «heroica dimensión espacial» que solo nosotros conocemos y que guardamos como un tesoro. Güemes es nuestro y, por lo que estoy viendo, no tiene por qué ser de tanta gente.
Por un Güemes «más salteño», menos «nacional» y más al alcance de la mano.