Hoy, tres décadas y media después, la palabra «democracia» es una de las más imprecisas y traicioneras de toda la ciencia política.
El régimen venezolano no cumplía casi ninguna condición de las que enumeró Bobbio para definir y caracterizar a una democracia. Sin embargo, es todavía considerado como una «democracia constitucional», afirmada en la soberanía popular y sostenida por el «voto libre» de los ciudadanos.
La dispersión polisémica del término permite (todavía) llamar con el nombre «democracia» el régimen que encabeza el presidente Donald Trump en los Estados Unidos de América.
Con lo cual, muchos se preguntan ahora si lo que piensa Trump «reconstruir» en Venezuela es una democracia de matriz bobbiana (una democracia con toda la fruta) o algo parecido a lo que él ha instalado en lo que, hasta hace poco, era el país más democrático del planeta.
Trump no respeta ni los Derechos Humanos ni el Derecho Internacional. Ayer lo ha demostrado. Expulsa inmigrantes del territorio estadounidense como si fuese una función de su cuerpo humano, cuestiona la supremacía de las decisiones judiciales, niega el pluralismo y la libertad informativa y, por si fuera poco, mantiene la pena de muerte. En pocas palabras, hace lo que le viene en gana.
Si los venezolanos están asomando, de verdad, a un nuevo amanecer político, bien harían en decidir si van a plegarse a una democracia al estilo de Donald Trump o quieren erigir una al estilo John F. Kennedy, porque, a buen seguro, los resultados no van a ser los mismos en uno y otro caso.
No es muy «democrático» entrar a un país por la fuerza, bombardearlo, llevarse preso a su líder (aun a un sátrapa como Maduro) y luego decir que la potencia invasora va a «regir el país» hasta que se produzca una transición «segura, apropiada y juiciosa», ignorando a los opositores y dejando en el poder a los mismos que dañaron el prestigio de Venezuela y laminaron el bienestar de sus habitantes.
Si re-bobbinamos, podríamos decir que lo que va a reconstruir Trump en Venezuela es la dictadura, para imponer allí una de su gusto.
Su discurso de ayer nos advierte de que estamos camino de un chavismo dócil, un chavismo que perciba un aroma a rosas en el mismo lugar en el que su fundador olía el azufre del demonio.