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  • ¿Tristeza o alegría?
  • Una de las palabras más escuchadas estos días es camarlengo.
Cardenal Kevin Farrell
Cardenal Kevin Farrell
El de camarlengo es un antiquísimo oficio de la iglesia católica. Su origen se remonta al siglo XI, época en la que el papa Gregorio VII suprimió el Archidiaconado, que hasta entonces era el responsable de la administración de los bienes de la Iglesia.



Lo curioso es que el mismo Gregorio VII (Hildebrando de Cluny), antes de ser elegido papa, fue archidiácono. Fue el último de ellos, quizá porque se dio cuenta de que los numerosos y antiguos privilegios y derechos de los archidiáconos eran un obstáculo frecuente para la acción independiente del Papa.

Desde 1073 en adelante, el cardenal encargado de la supervisión de la Cámara Apostólica, -es decir, el gobierno temporal de la Santa Sede-, pasó a ser conocido como camerarius o camarlengo, que es el nombre del cargo que en la actualidad ostenta el cardenal irlandés Kevin Joseph Farrell.

Pero al camarlengo no solo le compete la administración de la Sede Vacante (es el jefe máximo de la Iglesia entre papas), sino que también le cabe la triste misión de anunciar el fallecimiento del Sumo Pontífice.

Así lo ha hecho ayer Farrell, con ocasión de la muerte de Francisco.

A estas horas, el rubicundo cardenal dublinés –quien entre otros cargos episcopales fue Obispo Auxiliar de Washington y Obispo de Dallas– es el Jefe del Estado en funciones del Vaticano.

Un recuerdo familiar

Cada vez que el camarlengo vuelve a las primeras planas de los diarios es, generalmente, por una mala noticia.

Sin embargo, en mi casa, la sola mención de la palabara camarlengo evocaba –extrañamente– cosas buenas y tiempos mejores.

Sucede que cada vez que mi padre y mi madre acudían puntuales a cobrar sus respectivos haberes jubilatorios, en vez decir «fui a cobrar la jubilación», decían «recibí un llamado del señor Camarlengo».

Ignoro exactamente el motivo, pero descarto totalmente que el extraño nombre de la jubilación de mis padres se debiera a una cuestión religiosa y, menos aún, a algo relacionado con el Vaticano.

Al parecer, «Camarlengo» era el apellido de un antiguo funcionario de la que en algún momento se llamó Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones para funcionarios, empleados y agentes civiles de la administración, creada por la ley 4349 de 1904, y que con un nombre parecido existió hasta que alguien inventó a ese monstruo devorapobres llamado ANSeS.

Mis padres –ambos jubilados nacionales– percibían sus ingresos a través de aquella vieja Caja. Probablemente fue el señor «Camarlengo» quien ayudó a alguno de ellos a cobrar alguna retroactividad o cosa parecida.

Por este motivo es que la palabra camarlengo, para mí es presagio de buenas noticias, de estrecheces temporalmente superadas, y no tanto de ritos fúnebres mayestáticos.

Se podría decir que, en el folklore doméstico de la familia que un día –allá lejos– supe tener, «camarlengo» era sinónimo de vida y de alegría, más que de muerte y pesar.

Por eso es que no puedo apartar de mi cabeza la idea de que Nuestro Señor decidió llevárselo a Francisco al día siguiente de la Pascua de Resurrección, cuando todo es alegría y júbilo en la Iglesia, y entre sus fieles.

Tal vez, después de Francisco, el cargo de camarlengo adquiera otro significado. No digamos uno relacionado con la justicia jubilatoria (un oxímoron, en realidad), pero sí uno despojado de ecos lúgubres y evocaciones de rituales de príncipe medieval.

Al fin y al cabo, Francisco era uno de nosotros.



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