Cuando el gobierno decide poner un alambrado de 200 metros a unos cuantos pasos de la frontera con Bolivia, la mitad de Salta protesta porque entiende que se trata de una medida xenófoba.
El Diccionario define la palabra xenofobia como la «fobia a lo extranjero o a los extranjeros». Es decir que el rechazo no solo se dirige a los seres humanos nacionales de un determinado país sino a todo lo que de él provenga.
Por algún motivo, hay gente en Salta que adora a los bagayeros bolivianos, a los pasadores de coca, a la misma coca; que se opone con fuerza al alambrado en Aguas Blancas, pero que discrimina a la familia boliviana que vive en la esquina, o a los bolivianitos que van a la escuela con sus hijos.
Por otro lado, hay enemigos de las tecnologías «yanquis» para la venta de combustibles, pero que presumen de su cuenta de Twitter, se llenan la panza de Coca Cola barata y hospedan en su casa a una estudiante de intercambio de Wisconsin.
Nuestra xenofobia no solo es selectiva; es también confusa.