Si esta interesante iniciativa episcopal llegase a prosperar, muy pronto los salteños dejaremos de repetir como loros la vieja cantinela de «indigno de ponerme delante de vuestros ojos, me postro avergonzado a vuestro pies, confesando la multitud de mis culpas con íntimo dolor de mi alma».
Si el cura Fernández Pedroso -ilustre redactor de la Novena- hubiese querido expresar con las mejores palabras lo miserable y pequeño que el hombre ha de sentirse frente a la omnipotencia de Dios, debió haber esperado unos 300 años y leer la lacrimógena carta que Cobos envió a El Tribuno, para enterarse así de lo que es una humillación en toda regla.
Al cultísimo cura le habría sido de mucha ayuda para su empeño literario-místico leer, por ejemplo, lo siguiente:
«Asimismo y habiéndome colocado a su entera disposición, espero que reciba mi oferta de retractación en forma completa e incondicional por las manifestaciones que no supe expresar en forma asertiva y que afectaron su buen honor e integridad».
Con la invalorable ayuda del padre Ossola, el Arzobispo debería estudiar la posibilidad de que la primera oración preparatoria para todos los días incluyera el siguiente párrafo, también salido de la pluma de Cobos:
«Vengo a dar constancia por medio de este acto de mi buena fe para quienes con mi imprudencia fueron ofendidos, siendo totalmente comprensivo del dolor ocasionado a un medio de comunicación de tan alta estima por todos los salteños».
Así como los perros y demás animales vertebrados han sido recientemente incluidos en la categoría de «seres sintientes», la Legislatura de Salta, mediante un sencillo expediente parlamentario, debería incluir al diario El Tribuno (aunque es bien conocido que carece de sistema nervioso central) entre los «seres» que pueden experimentar dolor y padecer agravios.
Porque ha querido el «Altísimo» que desde aquellas sensibles y delicadas páginas de Limache no solo se le eleven a diario «plegarias» por cada muertito emparentado o amistado con la famiglia, sino que los «agravios -que por definición solo se pueden dirigir a las personas- afecten también a la sacrosanta «institucionalidad» [sic] del diario El Tribuno.
¡Y luego dicen que fue Cobos el que «redobló su apuesta escénica»!
Pero que no se acaben las ideas, por favor.
Si, como parece, El Tribuno es capaz de experimentar dolor como los animales; si -en contra de lo que dice el Diccionario- también es víctima de agravios, y, a la hora de pedir perdón, su director es más importante que el Señor del Milagro (por aquello de la institucionalidad mancillada), bien harían sus administradores reformar de una vez ese monumento plomizo que hay en la entrada, para colocar brillantes rayos de plata a la espalda de la escultura (sustituyendo al poncho) y rodear sus dolientes pies con una cama de claveles rojos.
Frente a semejante despliegue de divinidad institucional, a los salteños solo nos queda suplicar que el diario agraviado, ahora y en la hora de nuestra muerte, tenga misericordia de nosotros, pecadores. Amén.