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  • Un informe psicológico que provoca risa
  • La sentencia de la jueza Cáceres Moreno ha sacado a la luz la opinión de las psicólogas designadas por la magistrada para evaluar la personalidad del Arzobispo de Salta, Mario Antonio Cargnello.
El 'rígido y estructurado' señor Cargnello
El 'rígido y estructurado' señor Cargnello

De esta opinión destaca, no tanto el perfil psicológico del prelado, sino la virtual ausencia de cualquier justificación científica de unas conclusiones, que no solo son procesalmente discutibles sino que se deberían poner en contexto con la peculiar organización de la Iglesia.



La sentencia de Cáceres Moreno da por probado que Cargnello «infunde temor» a las monjas y les «turba la paz». Pero ¿de qué modo? Veamos.

Dice que las monjas se han sentido atemorizadas porque el Arzobispo (su Arzobispo, puesto que no es otro venido de quién sabe dónde) les dijo que «pedirá una visita apostólica, y pondrá en conocimiento lo sucedido al Santo Padre».

Monjas de piel muy fina, según parece, ya que a ninguna monja que no esté en «off-side» (léase pecado mortal) le tiene que asustar que el obispo haga su trabajo y les diga que va a hacer cosas que están dentro de sus facultades; es decir, que va a gestionar una visita apostólica y le va a ir con el cuento a su jefe, que es también el jefe de ellas.

Luego dice la jueza que este «obrar» de Cargnello pone en evidencia «su deseo de control». Pero es que precisamente uno de los cometidos por el que se le paga el sueldo al Arzobispo es el del «control», con independencia de sus deseos personales y del riesgo de que se convierta en un «control freak». Un arzobispo que dijera: «Ma sí; voy a dejar que estas mentirosas se hinchen de guita y hagan lo que les dé la gana» le estaría haciendo un muy flaco favor a la Iglesia y a los cristianos.

Ahora bien, el informe psicológico (actuación 7410789) detecta en el Arzobispo un grave defecto llamado «pensamiento rígido». Es decir, ahora mismo Cargnello (al que ya Cáceres Moreno mandó a que le pinten los dedos en la Policía para incorporar los antecedentes a su prontuario) debería ser detenido y alojado en la Alcaidía por no ser un obispo «flexible y multipropósito».

Al parecer, las psicólogas no han oído hablar más que de refilón del dogma, una palabreja que en el seno de la Iglesia alude a una doctrina o un sistema de pensamiento que se tiene por verdad y que no puede ponerse en duda dentro de su sistema.

Parece claro que, aunque las relaciones curiles-monjeriles no encajen exactamente dentro del dogma, quien está entrenado en él desde pequeño, no puede sino que debe mostrar un «pensamiento rígido y estructurado». Más que un punto en contra de Cargnello, este parece un punto a su favor. ¡Qué sería de los cristianos si el Arzobispo se cuestionara todas las noches la verdad de la existencia de la Santísima Trinidad!

La llamada abstracción selectiva (o filtro mental) es una distorsión cognitiva de la que no hay más pruebas en el expediente que la opinión, no fundada científicamente, de alguien que ni siquiera consta que haya tenido en frente de sí, en persona, al sujeto estudiado.

Pero si la abstracción selectiva es «enfocarse exclusivamente en ciertos aspectos, usualmente negativos y perturbantes», antes de enviar a un obispo al infierno, se debe analizar cuáles son esos aspectos de exclusivo enfoque y determinar si los mismos no son, por un casual, responsabilidad de quien los denuncia.

Por la misma regla de tres, los acusados de crímenes horrendos deberían acusar de abstracción selectiva al juez que los está juzgando, cuando este se enfoca exclusivamente en el delito que han cometido, que es para ellos -los acusados- «usualmente negativo y perturbante».

Otra de las afirmaciones sorprendentes del informe psicológico es la que dice que «ante situaciones o eventos que difieran de su ideología o de lo que él espera, podría reaccionar con enojo o irritabilidad».

La vaguedad de este enunciado es imperdonable, pero la verdad es que lo sorprendente sería que el informe dijera algo así como que «al señor Cargnello realmente le importa un pepino que las monjas un día vayan a misa y al siguiente practiquen el rito Umbanda».

Es decir que si algo no encaja en su «ideología» (que no es de él sino que está prolijamente codificada en las Escrituras y en el Derecho Canónico), lo lógico, o por lo menos entendible, es que una persona reaccione con un mínimo de «enojo o irritabilidad». Por supuesto que en ningún caso es admisible ni la violencia verbal y menos la violencia física; pero criminalizar a alguien porque se enfada cuando su subordinado no hace lo que se le manda y le lleva la contraria a propósito comporta una notable exageración.

Si miramos las cosas con cierta frialdad, podremos comprobar que algo en el proceso tampoco encaja en la «ideología» de la jueza Cáceres Moreno. Sin embargo, nadie -por suerte- le discute que pueda reaccionar de la forma que ha reaccionado. Está en su derecho de hacerlo.

Más sorpresas aún surgen cuando el informe dice que Cargnello «deja entrever asimetría en las relaciones interpersonales, más allá de la jerarquía».

Para empezar por lo más obvio, las relaciones interpersonales entre el Arzobispo y las monjas son y deben ser asimétricas (la democracia no es algo que se pueda imponer fácilmente en la Iglesia, que, recordemos, está gobernada por una de las últimas monarquías absolutas del planeta).

Al parecer hay dos clases de monjas «empoderadas»: las que empoderó la Santa de Ávila (Doctora de la Iglesia) y las que empoderó la «doctora» Cristina Kirchner. Para enfocar bien esta cuestión, habría que aprender a distinguir adecuadamente entre unas y otras.

Pero lo que más escuece es que se diga eso de «más allá de la jerarquía», dando con ello a entender que Cargnello y las monjas podrían llegar a tener «otras» relaciones que no sean las jerárquicas.

Un subteniente debe tratar a su coronel como corresponde, tanto en el cuartel como fuera de él. No es aceptable -nunca lo fue- que el subteniente llame a su superior «Mi coronel» cuando lleva el uniforme y que cuando coincide con él en un bar de copas le diga «Che Paco!». Lo mismo pasa con las monjas, especialmente con las de clausura, que, según la sentencia de Cáceres Moreno, están obligadas a tramitar un permiso en Roma para el simple gesto de ir al Palacio Episcopal (cinco cuadras).

Frente a la autoridad (bien o mal ejercida por Cargnello), las monjas «se habrían sentido amedrentadas», como podrían sentirse las maestras del jardín de infantes cuando la directora les hace alguna observación.

Dice también el informe que se sintieron «violentadas» [sic] en su accionar. Sin embargo, ni del informe psicológico ni de ninguna otra parte de la sentencia de Cáceres Moreno surge que Cargnello haya «aplicado métodos violentos para vencer su resistencia» (la de las monjas). Y nos preguntamos: ¿A qué se resistían las monjas? ¿A entregar la cámara con la que estaban filmando al Arzobispo y a los otros sacerdotes? ¿O se resistían a otra cosa?

Ninguna persona que sabe positivamente que la están filmando se comporta como un salvaje ante la cámara. Es, por tanto, muy alta la probabilidad de que los vídeos en que se apoya la resolución de Cáceres Moreno hayan sido obtenidos con manifiesta violación de derechos fundamentales y, por tanto, que no sean válidos como prueba en ningún procedimiento judicial.

Como dicen los jugadores de fútbol que se dieron patadas y escupitajos durante los 90 minutos que duró el partido, lo que pasa en la cancha queda en la cancha. Mejor entonces no enterarse de algunas cosas que pudieron haber sucedido detrás de aquellos centenarios y recoletos muros de adobe.

No hay derecho a abrir los misterios de la Iglesia por un «quítame allá ese celular».



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