El titular de la noticia dice así: “El catolicismo salteño le pone el hombro a Milei: Vamos a acompañar el cambio”, dando entender, sin circunloquios, que los salteños que no apoyan al presidente Javier Milei no son católicos.
Lo que al parecer ha dicho el señor Ossola es que la Iglesia Católica será la que va a “acompañar este modelo de cambio y permitir, dentro del ajuste y lo difícil que pueda haber, una luz de esperanza”.
Evidentemente, hablaba de la Iglesia Católica como institución (del gobierno eclesiástico, de los prelados y las diócesis), y no de la Iglesia Católica como congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo.
Aun así, todavía es dudoso que todos los curas de Salta sean mileístas o que estén dispuestos, solo porque lo mande el Arzobispo a través de su portavoz, a «ponerle el hombro» al nuevo Presidente argentino. Alguno habrá que no quiera hacerlo.
Lo que parece fuera de todo lugar, y sobre todo de época, es que un solo cura exprese una opción ideológica determinada en nombre de todos los católicos de Salta, sin haber consultado antes la opinión de todos ellos y solo en base a suposiciones. El resultado del escrutinio del pasado 19 de noviembre no dice exactamente lo que ha pretendido decir el sacerdote Ossola.
Por mucha simpatía que generen las medidas que está adoptando el gobierno de Milei y por mucha buena letra que el nuevo Presidente haya hecho en las últimas semanas con la jerarquía de la Iglesia, todavía es difícil de asimilar para muchos católicos que, durante su campaña, Javier Milei se haya referido al Papa Francisco como «el representante del Maligno en la Tierra» y que etiquetara al Sumo Pontífice y cabeza de la Iglesia como «comunista».
Si la Iglesia, como suele hacer, adopta una postura política frente al nuevo gobierno, lo más razonable sería que distinguiera entre la institución y el conjunto de sus fieles, a los que no representa sino que pastorea, y que no obligara a estos a seguir sus dictados políticos coyunturales.
Más interesante todavía sería que los curas dejaran en libertad a los católicos -incluidos los otros curas- para pensar lo que mejor les parezca en política, porque, quiérase o no, la política son «cosas del César», no de Dios.