Animaná es famoso por la insurrección popular de 1972 y la famosa canción de César Isella y Armando Tejada Gómez, que de alguna manera rinde homenaje a los protagonistas de aquel histórico suceso.
Ahora lo es todavía más, puesto que los lugareños reclaman un sitio en el Libro Guinness de los Récords, después de que se supiera que, en menos de 24 horas, los tribunales de justicia provinciales han condenado, en procedimientos separados, a dos intendentes municipales de la localidad, por hechos cometidos en perjuicio de los intereses comunes de los vecinos, los mismos intereses que en julio de 1972 intentaron defender los insurrectos.
Pocas horas después fue condenado otro Intendente -Ignacio Vicente Condorí- a quien los jueces han declarado autor de un delito de incumplimiento de los deberes de funcionario público, por haber omitido rendir cuentas al gobierno federal de un subsidio institucional destinado a financiar el equipamiento del centro de integración comunitaria.
Si ya es curioso que las dos sentencias se hayan pronunciado en menos de un día, todavía lo es más que el señor Condorí haya llegado a juicio después de una denuncia interpuesta por el señor Guaimás, con quien hoy comparte el dudoso honor de la ejecución condicional de su condena y la común inhabilitación.
Si a Guaimás -que aún permanece en su cargo- le han caído dos años y medio de prisión, más inhabilitación absoluta perpetua para ejercer cargos públicos, a su denunciado Condorí no le ha ido mucho mejor. En el caso del anterior Intendente la pena es de dos años de prisión, más una accesoria de inhabilitación (no se sabe por cuánto tiempo) para ejercer «cargos electorales» [sic].
Algo no huele a mosto fresco en Animaná. Dos intendentes abrasados en la pira del fuego sagrado de la corrupción no parece que sea fruto de la casualidad.
Aunque ninguno de los dos va a pisar la prisión, a uno ya se le escucha cantar aquello de: «Piensan que estoy secando al sol de la soledad», mientras que el otro -menos resignado que el anterior- musita su oración a la resiliencia: «Soy pa' durar, porque yo sé pasar y pisar, ¡eh!».
En cualquier caso, los dos, en vez de estar «parados en el grito bagualero del pujllay», parecen estar a las puertas de unas buenas reglas de conducta.