O quizá simplemente era la paranoia de algunos dirigentes, como la de aquel prominente candidato en los años 80 del siglo pasado, que pensaba que todos sus movimientos -incluso los más insignificantes- eran prolijamente escudriñados y registrados por el enemigo.
No era El Tribuno el espía sospechado (o al menos eso queremos creer). Mi agradecimiento al diario salteño tiene más que ver con sus habilidades periodísticas que con sus destrezas y curiosidades políticas, aunque a veces se confundan las unas con la otras. Y es que El tribuno publica hoy el merecido elogio de un trabajador de los caños, que se dedica, entre soldadura y soldadura, al abnegado pero peligroso oficio de «cloaquista».
Según aquel candidato paranoico, para llegar a su casa debía forzosamente atravesar con su vehículo por el frente de la casa de la sospechosa. Según él, al verlo detrás de los visillos, la pérfida mujer calculaba milimétricamente el tiempo que empleaba el candidato en abrir la puerta de la casa, para discar ella su número y efectuar la misteriosa llamada.
Tan convencido estaba el hombre de la culpabilidad de su indiscreta vecina, que había olvidado su nombre. Por eso es que cuando le pidieron que revelara su identidad, le dijo a sus amigos que estaba seguro de que la autora de aquellas intimidantes llamadas sin respuesta era «la Mina de los Caños» [sic].
Pasados unos días, los amigos se enteraron, al final, quién era la misteriosa llamadora; el émulo (hoy se diría émula) de la célebre Mata Hari.
Pero algo no cerraba en la revelación. ¿Por qué teniendo nombre y apellido -conocidos, además- el, candidato se refirió a ella como «la Mina de los Caños»? Había que averiguarlo.
Fue por eso que a la siguiente vez que le sonó el teléfono mudo, los amigos le preguntaron el porqué del curioso apelativo. El candidato respondió con soltura y una pizca de despreocupación: «¿Acaso el padre no es cloaquero?».
Con la evolución del lenguaje y la creciente dignidad de las profesiones, para el mismo oficio se emplea ahora en Salta la expresión «cloaquista», que es mucho más fina y discreta. Antes se les llamaba «cloaqueros», quizá porque eran los modernos sucesores de los viejos «aqueros», tal como se llamaba entre nosotros a los peones encargados de desagotar las letrinas.
Ninguno de los dos, ni el candidato espiado ni la hija del cloaquero vive ya para dar testimonio de aquellos densos años de ojos y oídos curiosos detrás de visillos y celosías entornadas, en los que más de uno se sentía Churchill durante los bombardeos a Londres, o Kennedy cuando la invasión a Bahía de los Cochinos.
Casi medio siglo después, la gran obra de los «cloaquistas» salteños para luchar contra los cochinos, consiste en recolectar las aguas servidas de las casas más pudientes y -con la invalorable ayuda de Jarsún- verterlas sin tratar al río Arenales, un fleuve con cuyo denso torrente luego regamos las hortalizas que nos vamos a llevar al estómago.
Así pues, del espionaje hemos pasado a la guerra bacteriológica, en solo unas pocas décadas.
No es poco.