Lo más triste de las guerras es que en este mundo en el que vivimos hay muchos partidarios de ella. Cada vez que estalla una (como por ejemplo la que se ha desencadenado tras la agresión rusa a Ucrania) veo a gente que parece entusiasmada y hasta satisfecha con el hecho de la guerra en sí. Comprendo que las contiendas bélicas hayan acompañado a la civilización humana desde que esta existe, pero todavía no veo razones para celebrarla.
Si algo forma parte de la esencia de la Unión Europea esto es su decidida apuesta por la paz. La UE nació, y a mi juicio debe seguir existiendo, como el más formidable aparato de aseguramiento de la paz en todo el mundo. No debería renunciar a este empeño.
Pienso que la UE, en lugar de fomentar la guerra, debería ponerse de cabeza a trabajar por el cese de las hostilidades. Soy incapaz de saber hasta qué punto los países de la Unión están colaborando con el progreso de la guerra, pero de lo que estoy casi seguro es que sus esfuerzos por lograr la paz son mucho menos intensos y, decididamente, menos visibles.
Coincido con muchos europeos en que no es conveniente que Rusia -y especialmente Putin- se salgan con la suya, y que, como resultado de esta invasión, Ucrania sufra un menoscabo territorial o su economía quede arruinada por mucho tiempo. Ambos son resultados que se deben evitar, pero por medios pacíficos y por ellos no entiendo el envío de misiles, de escudos protectores, de bombas sofisticadas, de defensas antiaéreas y de un montón de cosas que ni siquiera sabemos.
A todo ello hay que sumar la necesidad de rebajar la euforia por la guerra que muestran algunos. La guerra solo provoca sufrimiento humano y parece que en la cuna de las libertades y de los derechos humanos las personas son hoy menos importantes que las estrategias y las armas.
Hablo no solo de militares, de expertos, de teóricos geopolíticos y de corresponsales de guerra que en tiempos de conflictos ven incrementada su actividad y sus ingresos, sin que importe mucho para ellos las matanzas, las destrucciones, los desplazamientos, la escasez de bienes esenciales o la inflación.
La necesidad de acabar con la guerra es imperiosa. Y de acabarla ahora mismo, no cuando los efectos de las conquistas, las anexiones y las destrucciones de regiones enteras sean ya irreversibles. La UE no puede darse el lujo de dejar que las iniciativas más consistentes para detener la guerra partan de un país como Turquía y del líder de una potencia iliberal como Recep Tayyip Erdoğan.
Las razones morales se han de imponer a las motivaciones políticas y Europa debe despertar de una vez de este sueño bélico que solo ha traído desasosiego para sus habitantes. El camino de las sanciones económicas contra Rusia y de la cooperación militar con Ucrania puede que no sea el mejor para lograr llevar calma y tranquilidad a los europeos que no desean la guerra en su continente.
Nadie mejor que los que viven en la UE para darse cuenta de que la naturaleza generalmente limitada de la guerra, incluso en su forma más brutal, ya es historia; que terminó después de la Segunda Guerra Mundial con el desarrollo de armas nucleares. Entre éstas y las armas biológicas y químicas enormemente mejoradas, que se han convertido en estándar en los arsenales militares de tantas naciones, la capacidad destructiva de -incluso- un solo conflicto ha crecido a tales proporciones que nadie puede pretender no estar involucrado ni afectado por la guerra.
La devastación potencial significa que las guerras no solo conciernen a todos los seres humanos sino también que hoy son actos profundamente inmorales.
