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Portaaviones USS Gerald Ford
Portaaviones USS Gerald Ford

Con el correr de los meses, al parecer Trump acabó por darse cuenta de que los Estados Unidos son un país demasiado variado y plural, especialmente complicado, como para imponer una línea de política doméstica única e inmodificable.



Al mismo tiempo, parece que se ha dado cuenta de que la greatness de los Estados Unidos hoy no depende tanto de su uniformidad y cohesión interna (o de la buena marcha de la economía), como de su fortaleza en la arena internacional, que es donde mejor le funciona la fuerza bruta (incluida la tecnológica) y el unilateralismo.

Es así que después de un comienzo titubeante en el ámbito internacional, Donald Trump ejerce hoy como gobernador único del mundo. Y lo hace con el guiño de China y de Rusia, con cuyos gobiernos se mete bastante poco.

También lo hace sin aliados, porque ha retirado el apoyo estadounidense a Europa, ha criticado abiertamente a la Unión Europea, se ha hecho el desentendido con la OTAN, ha puesto a España en la lista negra, intenta acorralar a Dinamarca por Groenlandia y mantiene a los países iberoamericanos en un sinvivir permanente. Ha llegado a decir —recordemos— que si no fuera por él, el presidente argentino Javier Milei no habría ganado las elecciones de octubre de 2025.

De algún modo, el presidente norteamericano ha desenterrado el viejo sueño del imperio global, único, indivisible y sin competencia; una idea que es más propia del siglo V que del siglo XIX, época en la que, más que mal, los imperios eran varios y hacían esfuerzos por coexistir. Hoy, aquel sueño antiquísimo está al alcance de la mano por la influencia que ejercen sobre la política los propietarios de las grandes redes sociales y las grandes empresas tecnológicas globalizadas, casi todas de origen estadounidense.

Lo del imperio único ha sido advertido, entre otros, por el presidente francés Emmanuel Macron, quien quizá pueda aceptar la fractura de Occidente e incluso el colapso de la Unión Europea, pero al que de ningún modo le convence que Francia se pueda quedar descolgada del juego mundial.

Trump interviene ahora en todos los sitios: Desde Venezuela (en donde mantiene al dictador Nicolás Maduro contra las cuerdas), hasta Irán, país al que ha advertido hace menos de 24 horas que va a intervenir militarmente si la policía del régimen apalea a los manifestantes que protestan contra el gobierno islámico.

Si hay algo que no le gusta a Trump, un líder que no le cae simpático o un movimiento que cree que se debe apoyar, cualquiera sea el lugar del mundo en que se encuentren e independientemente que la intervención reporte o no algún beneficio a los Estados Unidos, Trump está presto a intervenir. Él se ha convertido hoy en la conciencia moral universal.

Los argumentos de que dispone Trump para hacer su voluntad en cualquier lugar del planeta son dos: el USS Gerald R. Ford (CVN-78), el portaaviones más grande y más avanzado del mundo, y los aranceles, que aumenta y reduce, según se le ponga el sol.

Así, el nuevo orden mundial no se explica tanto por la potencia de China, el resurgimiento de Rusia o el vertiginoso ascenso de la India, sino por el renovado papel de los Estados Unidos, por su abandono de la agenda multilateral, por el desprecio hacia las organizaciones internacionales, por su complicidad con gobiernos escasamente democráticos y por la facilidad con que el presidente norteamericano reparte amenazas y bendiciones en casi todos los rincones del mundo.

Y si hay algo que hoy pueda cambiar al mundo, ese algo no son los chips ni la inteligencia artificial, sino el humor de los Estados Unidos de América, o el de su presidente, que prácticamente son la misma cosa.



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