Entre los muchos recuerdos de los comienzos de su vida política, mi padre evoca sus tiempos de estudiante de Derecho en la Universidad de La Plata, en donde llegó a ser presidente de la Federación Universitaria Argentina y a formar parte de los grupos reformistas que impulsaron notablemente la calidad de aquella antigua y prestigiosa universidad, en medio de un clima político convulso, signado por la hegemonía conservadora.
Pero el activismo de Caro, orientado a la mejora de la calidad de la enseñanza universitaria, no se detuvo allí.
En aquellas cintas, mi padre relata lo siguiente:
«En esa época, al término de la Guerra Civil Española, llegó a La Plata un núcleo muy importante de exiliados; entre ellos, un expresidente de la República, como era don Niceto Alcalá-Zamora y Castillo. Y trajimos al sabio profesor de Derecho Penal don Luis Jiménez de Asúa. Yo estuve en la comisión encargada de los trabajos para hacerle ingresar a la Universidad de La Plata"».
Jiménez de Asúa, nacido en Madrid en 1889, había sido, además de un eximio profesor de Derecho Penal y autor de obras imprescindibles en la materia, un político vivaz y comprometido. Fue vicepresidente del Congreso de los Diputados y representante de España ante la Sociedad de Naciones.
Pertenecía al ala moderada del Partido Socialista Obrero Español, y en junio de 1936 –el mismo año en que sufre un brutal atentado terrorista que casi le cuesta la vida– lo eligen vicepresidente de la Comisión Ejecutiva de su partido.
El gran don Luis fue profesor de Derecho Penal en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid. Por su protesta contra las vejaciones sufridas por Miguel de Unamuno por parte de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, fue confinado en las islas Chafarinas en 1926. Renunció entonces a su cátedra en protesta por la intromisión de la dictadura en la universidad.
Exiliado en la Argentina, los jóvenes estudiantes platenses quisieron que Jiménez de Asúa se hiciera cargo de la cátedra de Derecho Penal.
Recuerda mi padre: «No lo logramos porque 'los otros' se opusieron. Se había abierto un concurso en la cátedra. Nosotros pretendíamos que se retiraran los aspirantes locales para posibilitar que se llamara nuevamente a concurso y que pudiera competir Jiménez de Asúa. No lo logramos por la tozudez y los intereses –muy legítimos, por supuesto– de los que estaban concursando el puesto, que sostuvieron que tenían tantos títulos para desempeñar la cátedra como el propio doctor Jiménez de Asúa».
De todas maneras –prosigue mi padre– «conseguimos que lo designaran jefe encargado del seminario. Jiménez de Asúa es una de las personalidades que traté con mayor frecuencia».
Rafael Alberti
Pero el ilustre profesor madrileño no fue el único exiliado español que mi padre trató durante su paso por la Universidad de La Plata.Dice J. Armando Caro en su entrevista: «Conocí también a Rafael Alberti y a su esposa, María Teresa León. Con él inicié un ciclo de conferencias y de recitales».
Como muchos exiliados españoles de la época, el insigne poeta gaditano atravesó penurias y privaciones durante la primera etapa de su exilio en la Argentina, que se extendió hasta 1963, fecha en que parte para Chile.
