A pesar de su pobre condición física -que hoy no entusiasmaría a ningún endocrinólogo- aquel sacristán destacaba por sus habilidades en el frontón, así como por sus costumbres «bajeras».
Cuando sus amigos de la paleta iban a visitarlo al templo y le proponían trasladarse desde la Córdoba 15 (donde se encuentra la iglesia) hasta el 1500 de la misma calle, unas dieciséis cuadras más abajo, el sacristán les decía: «Esperá que voy a hacerle una visita a San Antonio».
Armado con un cuchillo jamonero de apreciables dimensiones, el sacristán se posicionaba de frente al cepillo del santo y, con una maniobra que evidentemente ya tenía muy estudiada y practicada, introducía la fina hoja del cuchillo en la estrecha ranura y sacaba la cantidad necesaria de monedas para saciar sus bajos instintos en la parte más alegre y festiva de la recatada ciudad, aquella cuyas buenas costumbres custodiaba por entonces el inflexible monseñor Tavella.
Si aquel sacristán hubiera vivido en la época del emperador Augusto, habría sido castigado con rigor por la Ad legem Iuliam peculatus et de sacrilegis et de residuis, pero no por «putero», sino por haber llevado a cabo lo que se llamaba en aquel tiempo un «pecuniæ publicæ aut sacræ furtum».
La ley romana prohibía que nadie se llevara dinero de un templo, dinero sepulcral o público, ni lo sustrajera, ni lo usara para su propio provecho, ni hiciera que otro lo sustraiga, si no estaba facultado por la ley. El sacræ furtum no era un simple delito sino un crimen regulado por la Lex Iulia, aunque en Roma los guardianes del templo, más que por el peculado en sí, en algunos casos respondían a título de depositarios irregulares, con la particularidad de que los depósitos realizados en los templos participaban de la inviolabilidad del santuario.
En una ocasión, después de esquilmar al pobre San Antonio, el sacristán se fue con sus amigos al bajo llevando consigo un voluminoso llavero en el que estaban enlazadas por un grueso alambre retorcido todas las llaves del templo. Solo le faltaba la llave con la que San Pedro abre y cierra los portales del Reino de los Cielos.
Confundido por las luces rojas de la zona Sur, que a veces el sacristán no distinguía de las luces del mismo color que titilaban junto al Sagrario, nuestro hombre dejó olvidada las llaves junto a la mesilla de luz de la señora que calmó sus furores aquella noche.
Al darse cuenta el peligroso extravío, unas horas más tarde el sacristán volvió al lugar y azotó la puerta de la trabajadora sexual al grito de: «¡Señora loca, señora loca, abramé!». Pero nadie respondió al vehemente ruego.
Se vio obligado a acudir a la seccional de Policía que está en la calle Florida al 700 para realizar una exposición sobre el sacro extravío.
La diligencia policial iba sobre rieles, hasta que el sumariante le preguntó con voz de mando: «¡Domicilio!». El sacristán respondió, sin dudar, obviamente: «Córdoba 15».
Pero al hombre de la Olivetti no le convenció la respuesta. Aquella dirección le pareció inverosímil. Miró entonces al declarante de arriba abajo y le dijo: «Mmm... Córdoba 15 14 debe ser usted».
Moraleja: la relación entre el peculado y las demandas de prostitución no es nueva en Salta.