La esposa contesta a la demanda alegando que, independientemente de los ravioles, ella se encuentra en posesión de un certificado expedido por el Ministerio de Gobierno de Salta que la acredita como «emprendedora gastronómica» y «cocinera de hogar».
No tanto porque esta cualificación no sea necesaria (que lo es, porque si no lo fuera no habría tantos divorcios por razón de la comida) sino porque un certificado de «cocinera de hogar» asegura una muy baja empleabilidad.
Como no sea en el servicio doméstico, la «cocinera de hogar» certificada está prácticamente condenada a ejercer su oficio certificado en su propia casa, sin recibir ninguna compensación económica por ello.
Lo de «emprendedora gastronómica» suena a cuento chino, aunque en este caso debemos dar gracias al cielo que el cuento se ha escenificado en Mosconi y no en General Güemes.
Está muy bien que el gobierno aliente a los emprendedores, por supuesto, pero estaría mucho mejor que a la hora de gastar dinero público en el fomento de ciertos oficios pensara en emprendimientos de mayor valor añadido que hornear empanadas, decorar tortas y atar humitas.
Los emprendedores, las emprendedoras, las amas y los amos de casa de General Mosconi y La Unión se merecen, de parte del gobierno provincial, un poco más de respeto y consideración. No se puede volver a caer en el error de Urtubey que formó cooperativas para fabricar trapos de piso.
Los residentes en General Mosconi y la Unión requieren que el gobierno valore sus talentos de una forma más ajustada y que, si ha de gastar dinero en su formación y en la mejora de sus cualificaciones y competencias, que lo haga en oficios y profesiones que tengan algún futuro en el mercado de trabajo y que no condene a sus estudiantes al trabajo doméstico que es más esclavizante que el trabajo asalariado.
Enseñar a cocinar para casa es como enseñar a lavar el baño. Una enseñanza tan elemental y probablemente tan inncesaria, como la que hace unos años impulsó Urtubey para que unos funcionarios suyos -todos urbanitas y de no más de 30 años- «enseñaran» a los pobladores de la puna a cuidar de los camélidos, cuando los lugareños llevan más de 5.000 años cuidando este tipo de animales.
