Ayer, los alrededores de la ciudad de Salta parecían una sucursal terrena del infierno. El fuego, el calor, el viento y la baja humedad marcaron una de esas jornadas terroríficas en las que -después del efímero reinado de la Pachamama- nuestro impredecible invierno parece dejar paso al omnímodo dominio del perverso Satanás.
Solemos echarle la culpa a las industrias, a las emisiones, a los aviones e incluso a los pedos que se tiran las vacas en la pampa. Pero pocos son los que advierten que los teléfonos inteligentes -que utiliza ya casi el 90% de la población mundial- están contribuyendo sustancialmente al problema del cambio climático, como lo han puesto de manifiesto diversos estudios e investigaciones que destacan cifras significativas.
Es verdad que los teléfonos que llevamos en el bolsillo nos han resuelto un montón de problemas y que han mejorado de manera notable la comunicación entre los seres humanos. Pero también es verdad que su amplísima difusión y su utilización cada vez más intensa está creando unos problemas que antes no existían y que hoy son de difícil resolución.
Los teléfonos móviles y las redes sociales no solo impactan en el clima: también lo hacen en la gobernabilidad de las sociedades (cada vez más complicada) y en la salud mental de los individuos (adicciones, depresión, etc.), desde que contribuyen significativamente a la pérdida de nuestra tranquilidad. Todo ello, claro, sin contar con las consecuencias sociales, económicas y medioambientales que acarrea el uso de estos dipositivos y que casi nadie -desde luego, no los fabricantes- parece dispuesto a enfrentar.
Mientras presenciamos el dantesco espectáculo de campos enteros abrasados por las llamas ¿alguien se ha puesto a pensar en que solo en 2020 los teléfonos inteligentes contribuyeron a la creación de la asombrosa cifra de 580 millones de toneladas de emisiones de CO2? Hablo solo de la extracción de materias primas para su fabricación, de su ensamblaje, de la distribución, el transporte, el uso y el tratamiento al final de su vida útil.
A esta escalofriante cifra tenemos que sumar que el sector de las NTIC (que incluye computadoras personales, portátiles, teléfonos inteligentes y tablets), así como sus infraestructuras digitales (centros de datos y redes de comunicación) contribuirán a la huella de carbono mundial en un 14% en 2040, lo que representa más de la mitad de la contribución realizada, por ejemplo, por el sector del transporte a nivel mundial.
Lógicamente, está muy bien que en Salta haya una fiscala que se ocupe del grooming, del abuso sexual infantil en las redes, de estafas digitales y de un sinnúmero de conductas socialmente disvaliosas que encuentran en las nuevas tecnologías a un gran facilitador. ¿Pero hay alguien que, con el mismo denuedo, defienda que nuestros teléfonos y nuestras redes deben utilizarse de un modo en que (además de no dañar la integridad física o sexual de otros) no avasallemos el derecho que tenemos todos a un medio ambiente equilibrado y sano?
Cuando pensamos en el litio como el salvador de nuestra economía, parece que la conciencia medioambiental se detiene en la compatibilidad de la actividad extractiva a unos pocos kilómetros a la redonda de los yacimientos y en los padecimientos de los originarios de la zona. Pero el problema es un poquito más amplio. Las materias primas necesarias para producir un teléfono celular -incluidos el oro, el cobalto, el litio y otros metales pesados- requieren de una minería que consume mucha energía a nivel global y su extracción a menudo provoca una contaminación ambiental significativa, y no solo a nivel local.
La producción en masa de smartphones en megafábricas también contribuye en gran medida al cambio climático: entre el 85% y el 95% de la huella de carbono total de un teléfono inteligente se produce durante el proceso de producción. Las baterías, los circuitos integrados, los parlantes y las pantallas utilizados para fabricar teléfonos inteligentes (junto con todos los demás componentes que intervienen en su fabricación) se producen en masa, lo que genera sus propias huellas de carbono, emisiones de calor y contaminación ambiental. El zonda no sopla por casualidad.
Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos por los que circulan y enrutan nuestros whatsapps consumen aproximadamente 200 teravatios-hora (TWh) de electricidad, lo que es lo mismo que decir casi el 1% de la demanda mundial de electricidad. Estamos hablando de una contribución del 0,3% a las emisiones globales de CO2.
La investigación sobre las emisiones anuales de carbono derivadas del uso de nuestros teléfonos nos revela que con solo una hora de uso por día un usuario produce 63 kilogramos de emisiones de CO2 al año. Aunque estas cifras demuestran que el impacto del proceso de producción es (todavía) mucho mayor que el del uso del teléfono celular, las emisiones de CO2 solo por el uso continúan aumentando a medida que más y más personas se vuelven dependientes de los teléfonos inteligentes.
Monedas digitales e Inteligencia Artificial
Pero para tranquilidad de los enfermos del Whatsapp y aficionados a los stickers más estúpidos e innecesarios, se ha descubierto que muchas de las otras tecnologías que están de moda actualmente tienen un impacto significativo en el medio ambiente.Las monedas digitales son un buen ejemplo de ello. Bitcoin y Ethereum, en particular, son tan dañinas para el medio ambiente que amenazan con anular y revertir cualquier avance logrado mediante la transición a los vehículos eléctricos y la reducción del uso de combustibles fósiles. Gran parte de este impacto reside en la energía y los procesos que se emplean.
Según el Índice de Consumo de Electricidad de Bitcoin de Cambridge, por ejemplo, esta criptomoneda consume ya más energía que toda la Argentina, y la huella de carbono total que deja actualmente excede la reducción total de emisiones producidas por los vehículos eléctricos.
Por otro lado, los modelos de formación y aprendizaje automático profundo para los sistemas de Inteligencia Artificial también consumen mucha energía y procesamiento de datos, con sus propios niveles significativos y, en consecuencia, sus propias emisiones. Ciertos jueces se ufanan en Salta de expedientes digitales, centros de datos y machine learning, pero poco han pensado, me temo, en las tremendas consecuencias medioambientales de esa modernidad meramente aparente con la que quieren hacernos creer que se encuentran en la vanguardia judicial del mundo.
Por todo esto, la próxima vez que el zonda se lleve las chapas de tu techo o no puedas encontrar el chancho en medio de la polvareda, piensa si el último whatsapp que has enviado para evitar que se te enfríe la pizza, el último mensaje a espaldas de tu mujer (o de tu marido) o el último ciberacoso a colegialas eran o no necesarios.
