Pero lo que sucede en realidad es que los salteños estamos muy mal acostumbrados a que, a la más mínima, nuestros gobernadores se rindan con armas y bagajes a los presidentes de diferente signo político.
Decía que los salteños no contemplamos, de ninguna manera, que un Gobernador de Salta pueda negociar, pactar y comprometerse con un gobierno diferente, sin entregarse emocionalmente (y, a veces, físicamente); de modo que cuando alguien recurre a la política (en desmedro del amor y la entrega total), inmediatamente pensamos que el muy felón se ha pasado al bando adversario y que ha contraído nupcias eternas con su enemigo.
Desde luego, no ayuda para nada que el Gobernador que intenta mantener su identidad frente a lo inevitable (o sus partidarios) justifique esa actitud negociadora y pragmática diciendo que va a proporcionarle al Presidente de la Nación las herramientas que este necesita para gobernar, o que va a acompañar sus políticas, bajo la condición que sea. Y que ponga «a disposición» del Presidente el voto de «sus» diputados.
Gobernar y ejercer la política es bastante diferente a gestionar una ferretería o un servicio de escort. El suministro de «herramientas» y el «acompañamiento» son metáforas muy sutiles, muy políticamente correctas, pero al mismo tiempo inútiles y potencialmente inductoras de confusión.
Si Salta «recibe», no es porque proporcione «herramientas» o dispense «acompañamiento» a nadie, sino porque su Gobernador ha asumido un compromiso político y ha cumplido su parte, o prometido cumplir. Un do ut des o un quid pro quo puro y duro.
Lo que pretenden aquellos que ya mismo ven en Gustavo Sáenz a un neolibertario (o a un mileísta en potencia) es que nuestro Gobernador entregue hasta el último rincón de su anatomía; es decir, que reaccione como un primate en estado de necesidad y no como un político racional e inteligente.
Los que defienden que nuestro Gobernador es un ferretero (un suministrador de herramientas), en el fondo descreen de las cualidades políticas del líder (de su resiliencia, de su capacidad de adaptación a los escenarios adversos), rebajan su capacidad y minimizan su inteligencia.
Unos y otros solo esperan que Gustavo Sáenz se baje los pantalones y pronuncie aquello de just relax and let it happen.
O que declare -como lo hizo Urtubey en su día- que espera y desea, desde su más recóndita intimidad, cien años de Milei, que es casi lo mismo.
