La duración de este periodo fue variable y aunque en apariencia estaba justificado en la necesidad de que el nuevo gobernante pudiera llegar a conocer a fondo el lío en el que se metía, el silencio de los opositores estaba más vinculado con su propia reorganización después de una derrota electoral.
Hasta hace poco, los desalojados del poder, aunque lo hubieran sido por una diferencia de votos muy corta, recogían sus petates y no se sabía de ellos sino después de pasados varios meses. Ahora comienzan a patalear casi inmediatamente.
Así sucede porque los nuevos gobiernos acostumbran a «destapar» irregularidades de los gobiernos anteriores casi en el mismo momento en que se sientan en el sillón, de modo que a los salientes no les queda otro remedio que defenderse.
Ahora, sin embargo, los derrotados ni conceden tiempo a los vencedores ni se defienden de sus ataques. Al contrario, son ellos los que pasan al ataque. Empiezan a encontrarle defectos y acusar de corrupción al que llega, aunque este no haya tenido tiempo ni para encender la luz de su despacho.
Es llamativo el caso del presidente Javier Milei, que hoy cumple un mes desde el juramento de su cargo, pero que mucho antes de esta fecha ya tenía señalada una huelga general de los sindicatos y los descontentos con sus decisiones habían inundado los juzgados y tribunales con acciones de amparo y pedidos de anulación de sus primeras medidas.
Pero más llamativo es el caso del nuevo Intendente Municipal de la ciudad de Salta, ganador de las elecciones del 14 de mayo de 2023, que también lleva solo un mes en el cargo, y es atacado sistemáticamente por su antecesora. Un personaje que -lejos de defender lo que pueda tener de defendible su desastrosa gestión- parece decidido a no darle el más mínimo respiro a su sucesor.
La anterior Intendenta no se ha tomado vacaciones y se ha decidido por desplegar una intensa campaña de desprestigio del nuevo equipo municipal, tanto en la prensa como en las redes sociales. Con independencia de las razones que pueda tener para ello, lo cierto es que su «mal perder» no ha hecho sino enrarecer el aire político que se respira en Salta e incrementar la crispación.
Sucede algo parecido también con jóvenes intendentes municipales de Tartagal y de Orán, que no han tardado en ser acremente criticados por sus opositores a causa de las primeras decisiones que han adoptado.
La política ha entrado así en una peligrosa dinámica de destrucción, cuya responsabilidad debe atribuirse a los que, huyendo de la moderación y del compromiso, han planteado campañas proselitistas extremas, basadas en el denuesto constante del adversario.