Si realmente sucede lo que dice Massa -es decir, que el FMI «le impone» la adopción de ciertas medidas- en realidad cuando Massa se sienta a negociar en Washington la señora Giorgieva le pone un revólver en la sien al ministro argentino.
Solo un mes después, cuando la inflación de agosto ha superado los récords establecidos en 1991, el mismo ministro/candidato dice que la «culpa» del aumento de los precios la tiene el FMI, pero no por haber firmado el acuerdo (que también firmó Massa y, por tanto, tiene el 50% de la culpa), sino porque el FMI le ha impuesto la devaluación más el impuesto PAÍS «como mecanismo de garantía que pretende el Fondo para su cobro, su percepción».
¿En qué quedamos?
Si el «acuerdo técnico» con el FMI no convenía a los intereses del país, ¿por qué Massa entonces lo firmó?
Es difícil que un candidato que no solo no ha podido contener la inflación sino que la ha agravado pueda convencer a los ciudadanos que la culpa no es suya y así ganar unas elecciones que cada vez se le presentan más complicadas.
Si el FMI tiene defectos, si es avaricioso, cruel o implacable, ¿por qué sentarse a negociar con él? ¿Por qué no los mandamos a freír espárragos? ¿No será porque si declaramos el default las cosas se pondrán mucho peor?
Massa es como esos borrachos empedernidos que, al borde de la cirrosis, se colocan ansiosamente litros de vino mientras, acodados en el mostrador, pronuncian la conocida frase: «¡con lo mal que me hace!»
Probablemente no ha habido un Ministro de Economía en la Argentina que haya hecho menos que Massa por nuestra soberanía. Ser soberano es defender nuestro derecho a la última palabra en materia económica y no firmar acuerdos sonrientes con el FMI para después echarle la culpa de todo lo que nos pasa.