Seguramente il maestro Luigi Ferrajoli habrá tenido ocasión de ver los muros de la ciudad tapizados de enormes carteles con la cara de los candidatos y las candidatas, pintarrajeados con leyendas y convertidos en testigos mudos de la degradación cívica, aunque sus ciceroni le hayan hecho circular solo por las zonas nobles de la ciudad, aquellas en las que apenas se notan los estragos de la pobreza, tanto en las personas como en el medio ambiente urbano.
En esta foto (la penúltima de las filtraciones ilegales de la Policía a los medios de comunicación) se puede ver a tres personas encapuchadas, humilladas, esposadas con la manos en la espalda, tiradas en el suelo y boca abajo, para solaz y tranquilidad de los castigados vecinos de la zona sur de la ciudad, que han visto cómo -al fin- esos terroríficos maleantes mordían el polvo del suelo que los demás pisan.
Donde seguramente Ferrajoli no pasó ni por casualidad es por la Alcaidía General de la Provincia, absolutamente desbordada y fuera de cualquier estándar de Derechos Humanos, según lo ha denunciado el propio Comité Provincial contra la Tortura. Allí seguramente irán a dar con sus huesos (y no después del juicio, sino inmediatamente) los tres detenidos que aparecen en la foto en las peores condiciones posibles.
De haber estado el filósofo italiano al tanto de esta particular forma de proceder policial, seguramente se preguntaría para qué diablos escribió unas magníficas páginas contra la prisión preventiva. Y no solo eso: se preguntaría también por la sinceridad de los expertos salteños que dicen admirarlo hasta la veneración, porque se ve a la legua que el garantismo ferrajoliano ha llegado a los claustros pero no ha calado en la comisarías ni en los tribunales.
Fue precisamente Ferrajoli quien nos enseñó que la institución de la prisión preventiva -sólo admitida por los clásicos en casos de necesidad extrema (para impedir que el acusado haga desaparecer pruebas, por ejemplo, pero sólo hasta el interrogatorio en donde dicho extremo es relevante)- se convirtió en un instrumento de prevención y de defensa social, basada en la presunción de peligrosidad del detenido, absolutamente contrario al principio liberal de la presunción de inocencia. Un candidato a diputado provincial en las elecciones de mañana, que antes fue juez y magistrado, y que poco antes de ser candidato fue jefe de los fiscales y de la Policía, se manifestó muchas veces partidario de la prisión preventiva como «castigo penal anticipado».
Fue Ferrajoli -el mismo que estuvo en Salta estos días- quien defendió con más brillantez lo que denominó un proceso sin prisión preventiva. «Esta contradicción en los términos que es la prisión sin juicio puede, al menos hasta la conclusión de la primera fase del proceso, ser suprimida. El imputado debe comparecer libre ante sus jueces, no sólo porque así se le asegura su dignidad de ciudadano presuntamente inocente, sino también -diría que sobre todo- por necesidad procesal: para mantener la igualdad de armas con la acusación; para que después del interrogatorio y antes de la audiencia definitiva pueda organizar eficazmente su defensa; para que la acusación no esté en condiciones de determinar el juego, construyendo acusaciones y urdiendo las pruebas a sus espaldas» (p. 570 de Diritto e Ragione).
Fue Ferrajoli -el mismo que estuvo en Salta en estos días y que fue agasajado por jueces y expertos salteños- quien nos hizo ver que la idea del peligro de fuga es, en el fondo absurda, y que por sí sola nunca puede justificar la privación de la libertad de forma «preventiva». Dice nuestro ilustre visitante que «los incentivos para la fuga proceden, precisamente, de la existencia de la prisión preventiva; sin ella se desvanecerían en buena medida».
Y respecto a la destrucción de las pruebas -otro de los argumentos favoritos de los liberticidas salteños- el sabio florentino ha dicho que en el único supuesto que puede considerarse necesario evitarla, basta una detención de horas o unos pocos días (y podría ser arresto domiciliario) para llevar a cabo la instrucción al respecto y proceder de acuerdo con ella.
La próxima vez que nos visite un cerebro de la talla de Ferrajoli, por lo menos hagamos el esfuerzo de dar a los detenidos (presuntos inocentes siempre, aunque sean delincuentes conocidos) un trato más acorde a la superioridad moral del Estado. Porque si los tratamos como basuras humanas, solo estaremos demostrando que quienes dicen aplicar la ley, en el fondo, son tanto o más inmorales que los propios delincuentes.