Muchos de los que se empeñan en perseguir a sus semejantes, en acosarlos (laboral o sexualmente), en «joderles la vida», seguramente no están en sus cabales, pero muchos otros no padecen de ningún trastorno mental. Solamente son malos; esa es su verdadera naturaleza.
Actitudes como esta solo consiguen distorsionar la percepción colectiva de la enfermedad mental, pues al ser utilizada esta como un simple argumento para desacreditar al rival, quien así se comporta perpetúa la idea, largamente arraigada, del trastorno mental como estigma y elemento de exclusión de la sociedad.
«A fulano o fulana de tal hay que internarlo/a en el hospital Ragone», suelen proponer como solución final para los problemas aquellos «cuerdos» que piensan que a los enfermos mentales se los debe encerrar y someterlos a tratamientos peligrosos y degradantes. En Salta, la maldad no es una cualidad muy apreciada, pero estar loco es mucho pero mucho peor.
En otras épocas, no muy lejanas, a los indeseables no se les recomendaba tratamientos psicológicos para borrarlos de la sociedad. Bastaba con sugerir su nombre a algún suboficial retirado con buenos contactos con «la pesada».
Hoy, no solamente abundan los psicólogos, sino que el gran público, siguiendo el ejemplo de los jueces penales, que incluso para los delitos menos importantes «ordenan» tratamientos psicológicos muchas veces innecesarios, asume que la terapia es una especie de castigo para aquellos que han sido raleados de la sociedad y, evidentemente, una forma de ralear a aquellos que, sin haber cometido delito alguno, no nos caen simpáticos y, por alguna razón que no se entiende bien, siguen en libertad.


