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  • Psicólogos al ataque
  • Cada vez que los salteños nos encontramos con alguien que no nos gusta, que nos lleva la contraria, que quiere hacernos la vida imposible, procuramos expulsar a esta persona del mundo de los cuerdos.
Imagen ilustrativa
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Muchos de los que se empeñan en perseguir a sus semejantes, en acosarlos (laboral o sexualmente), en «joderles la vida», seguramente no están en sus cabales, pero muchos otros no padecen de ningún trastorno mental. Solamente son malos; esa es su verdadera naturaleza.


Pero «malos» no solo hay en las filas de los acosadores sino que también los hay en el bando de los acosados. Se les nota la maldad cuando, a la más mínima, quieren que el acosador, antes de sentarse en el banquillo de un tribunal, se humille acudiendo a una consulta psicológica que va a determinar si tiene o no un tornillo flojo.

Actitudes como esta solo consiguen distorsionar la percepción colectiva de la enfermedad mental, pues al ser utilizada esta como un simple argumento para desacreditar al rival, quien así se comporta perpetúa la idea, largamente arraigada, del trastorno mental como estigma y elemento de exclusión de la sociedad.

«A fulano o fulana de tal hay que internarlo/a en el hospital Ragone», suelen proponer como solución final para los problemas aquellos «cuerdos» que piensan que a los enfermos mentales se los debe encerrar y someterlos a tratamientos peligrosos y degradantes. En Salta, la maldad no es una cualidad muy apreciada, pero estar loco es mucho pero mucho peor.

Lo peor, sin dudas, es que proponen esta «solución» para personas sin ninguna patología mental, solo para denigrarlas, como si las enfermedades de este tipo siguieran siendo vergonzantes.

En otras épocas, no muy lejanas, a los indeseables no se les recomendaba tratamientos psicológicos para borrarlos de la sociedad. Bastaba con sugerir su nombre a algún suboficial retirado con buenos contactos con «la pesada».

Hoy, no solamente abundan los psicólogos, sino que el gran público, siguiendo el ejemplo de los jueces penales, que incluso para los delitos menos importantes «ordenan» tratamientos psicológicos muchas veces innecesarios, asume que la terapia es una especie de castigo para aquellos que han sido raleados de la sociedad y, evidentemente, una forma de ralear a aquellos que, sin haber cometido delito alguno, no nos caen simpáticos y, por alguna razón que no se entiende bien, siguen en libertad.

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