A este grave cuadro de situación se debe sumar las nefastas consecuencias de la pobreza, como la falta de agua sana y segura, los partos en la calle, la precariedad de los hospitales, las muertes por desnutrición y un largo etcétera de calamidades que se podrían evitar.
De modo que no se puede sino lamentar que los principales medios digitales e impresos de Salta pasen de largo frente a hechos gravísimos y dediquen amplios espacios, por ejemplo, a una campaña solidaria para salvar a los perros wichis (mientras que, a pocos metros de donde viven los canes, los niños de esas poblaciones malviven y mueren por falta de cuidados elementales) o al salvamento de un caballo abandonado.
Se trata, sin dudas, de iniciativas loables, pero de ningún modo tienen la importancia suficiente como para concederles más espacio en la prensa que el que ocupan los hechos más desgraciados que ocurren en nuestra sociedad y que afectan, invariablemente, a seres humanos de carne y hueso.
De un tiempo a esta parte, Salta se ha convertido en un territorio en donde el crimen organizado ha penetrado con fuerza. A falta de estadísticas fiables sobre las actividades al margen de la ley de estos grupos y sobre las cantidades de dinero ilegal que manejan, se debe dirigir la mirada al número de asesinatos perpetrados por sicarios.
A pesar de la intrínseca gravedad de estos hechos, no se atisba en Salta -ni en sus autoridades ni en sus medios de comunicación- una preocupación especial por la escalada de violencia; al menos una preocupación de la misma intensidad que la que provocan los perros escuálidos, las mascotas incendiadas o los caballos en situación de desamparo.
En Salta los árboles viejos se caen encima de los vehículos que circulan por las calles, poniendo en grave riesgo la vida de las personas, pero el diario habla de una "casi tragedia", sin preocuparse por llamar la atención de la Intendenta Municipal de la ciudad, que es la responsable de cuidar que el arbolado urbano esté en condiciones. Muchos «censos de árboles», pero el que corta una rama que le molesta o echa abajo un árbol inútil se expone en Salta a gravísimas consecuencias administrativas y contravencionales, mientras -insistimos- los sicarios que van dejando cadáveres al costado de la ruta suelen irse de rositas.
La entronización de estos nuevos «valores» nos está conduciendo a resultados inexplicables, como el que se produciría en el caso de que una persona que circula en un carro tirado por caballos resultara gravemente herida en un accidente callejero y las asistencias médicas se dirigieran primero a aliviar a los caballos estresados antes que al pasajero agonizante.
