Cada tanto, nuestro primer mandatario recibe en el mismo coqueto salón de la Casa de Gobierno a empresarios que llegan con los bolsillos llenos de promesas de inversión millonaria y se retiran con un anuncio invariable: «La planta estará en condiciones de producir en 2035».
El Ministro de Economía ha propuesto, sin embargo, que en lugar de convidar a los visitantes extranjeros con medialunas e imperiales (o con esa antiestética caramelera, que ahuyenta la suerte) se los agasaje con saladitos, pero con sal del Salar del Rincón, a ser posible sin tratar, para que los inversores puedan catar en sus paladares el acre y embriagante sabor del litio recién extraído.
Al final, si lo conseguimos, los empresarios se irán de la reunión con Sáenz con las pilas cargadas y sin «efecto memoria».
En efecto, ninguno recordará de qué lado llevaba el poncho el Ministro de la Producción, o de qué color era el saco de Sáenz, aunque creen que el Gobernador haría muy bien en sentarse en los sillones de cuero negro y no en el alargado sofá que tiene el mismo color de su chaqueta, en donde «se confunde con el paisaje», como en el sketch de Les Luthiers.
Muchos de nuestros generosos inversores piensan en Tolar Grande como en el nuevo Sillicon Valley. Si solo fuera por todas las promesas de empleo, de plantas productoras, de centros de formación y de lluvia de millones de dólares, en Tolar Grande se debería vivir mejor que en Suiza, pero algo como esto no sucede (por ahora).
Pero probablemente en algún momento suceda, si es que al final la empresa minera que por allí busca oro (como febrilmente los nómadas del Este lo buscaban en California a finales del siglo XIX), como le ha prometido a Sáenz, construirá en Tolar Grande una planta fotovoltaica capaz de generar 15 megawatts, que abastecerá -si algún día ve la luz (y nunca mejor dicho)- el 40% de las necesidades energéticas de la mina Lindero.
Es decir, poco importa que los pobladores de Tolar Grande se iluminen con Petromacs o que tengan televisores a carburo. Lo importante es que a los mineros no se les corte la WiFi.
Si la buena fama del sol de nuestra puna y de sus magníficas radiaciones ultravioletas llegara a extenderse por el mundo, ya podríamos irle cambiando el nombre al Tren a las Nubes, que -solo nominalmente- reduce nuestra capacidad generadora.
Todo esto le costará a la empresa Mansfield Minera uno 60 millones de dólares, lo que da una idea de la potencial rentabilidad de la explotación, que ya mismo debería hacer pensar al ministro de los Ríos en un poncho nuevo y a la secretaria Sassarini en unos sillones más modernos.
Al menos, la mina Lindero lleva algún tiempo produciendo, y esto habla muy bien de la salud de la minería en nuestra provincia, a pesar de los cuestionamientos a su compatibilidad medioambiental, que ahora deberán moderarse si es que finalmente se siguen multiplicando las plantas de energía solar en la puna.


