El riesgo es un factor intrínseco de cualquier empresa humana. Quien invierte en un negocio, lo hace para ganar más dinero, nunca para perder. Pero las pérdidas forman parte de las reglas del juego, como la competencia libre. Ignorarlas, a menudo conduce a desastres.
Sería muy interesante saber qué opinan de este asunto los propietarios de las decenas de videoclubes que había en Salta en la década de los 90. Aunque probablemente haya todavía algún «soldado japonés» que siga alquilando VHS en la periferia, lo cierto es que la tecnología ha desbordado a uno de los sectores de mayor crecimiento hace tres décadas y ha enterrado para siempre una forma de entretenimiento que hasta hace unos años atrás considerábamos imprescindible e irremplazable.
Algunos sectores económicos experimentan también cambios profundos (y obligados) cuando están sobredimensionados; es decir, cuando quienes producen en ellos bienes y servicios lo hacen en exceso, por encima de las expectativas (generalmente volátiles) de sectores afectados por una alta estacionalidad, y carecen de flexibilidad e inteligencia suficientes para ajustar su negocio a las dimensiones del mercado, sea porque están atados a alquileres rígidos, sin escapatoria, o porque han contratado a más personal del que pueden pagar.
El cierre de establecimientos —que es visto como una catástrofe por la mayoría— es, sin embargo, la válvula que regula el sistema. No es bueno que los negocios cierren, pero mucho peor es que tengan prohibido hacerlo.
En Salta, sin embargo, los cierres adquieren ribetes de verdadero drama porque no existe una red que proteja a quienes han perdido su empleo; apenas si hay formación que permita el reciclaje profesional y no hay prestaciones por desempleo que permitan aliviar el impacto de la súbita privación de las rentas del trabajo.
Pero así como un panorama recesivo nos obliga a volver la vista a quienes han sufrido la pérdida de su trabajo, debemos mirar también a los negocios que siguen pie, porque —aunque sean pocos— en su manera de hacer (o de sobrevivir) se halle quizá la fórmula para esquivar o atenuar la incertidumbre que provocan los vaivenes del mercado.
Hay sectores económicos enteros —como el turismo y la gastronomía, por ejemplo— que deben tener las dimensiones óptimas en cada momento y que no pueden aspirar a tener una cifra fija de ingresos, un volumen de empleo igualmente fijo o una ocupación estable que no acuse el impacto de la estacionalidad. Si bien las estrategias de promoción deben cambiar con frecuencia (para encontrar nuevos canales y llegar a otras audiencias), la oferta tiene que cambiar con mucho mayor rapidez. Es arriesgado pensar que el turismo local puede seguir como si nada, apuntalado por festivales de mala calidad se repiten año a año sin apenas variaciones, por una oferta gastronómica plana y carente de innovación y por una agenda cultural pobre y poco conocida.
Tanto en el turismo como en la gastronomía influye de manera decisiva la comunicación, tanto del gobierno como de la oposición. Es decir, que si nos pasamos el año tirándonos los trastos por la cabeza y diciendo que nuestras carreteras están hechas una porquería, que Salta es un «narcoestado», que las verduras que consumimos están infectadas con salmonella, o que en Salta reina la inseguridad en sus más variadas expresiones, lo más seguro es que la mejor de las campañas de promoción turística no alcance a compensar el efecto disuasorio del combate político doméstico.