Según el microrrelato judicial -justamente ventilado el día en el que dos expertas pronunciaron en la Escuela de la Magistratura una densa charla sobre «lenguaje claro»- el joven había ido de visita a la casa del policía jubilado, en compañía de otro amigo.
Como buen anfitrión, el poli jubilado recibió a sus jóvenes huéspedes con un saratoga bien cargadito. Pero, tras beberlo, uno de los jóvenes comenzó a sentirse algo dizzy, mientras que el otro pidió un remise para irse; pero solo, sin su amigo, que se quedó.
Lo hizo, entre otros motivos, porque el dueño de casa insistió para que se quedase, a charlar y a beber saratoga como si no hubiera mañana.
Pero el beberaje aumentó su malestar. El joven dijo que le pareció raro porque tenía una sensación de embriaguez sin haber bebido en demasía.
Fue entonces que el avieso policía jubilado le propuso que se tumbara un rato en su cama, a descansar. El joven accedió y se durmió plácidamente.
Un poco más tarde, despertó de repente «porque sintió que tenía los pantalones bajados» y -sobre todo (pequeño detalle)- porque el dueño de casa estaba encima de él, accediéndolo carnalmente.
El joven empujó al policía jubilado, lo apartó, se levantó y salió corriendo en busca de ayuda. No sabemos -porque la información judicial no lo precisa- si alcanzó a subirse los pantalones.
Monterroso no inventó nada.
El juez finalmente condenó al travieso cebador de saratogas a la pena de seis años y medio de cárcel, para los que no se sabe si ingresará en prisión o simplemente le reprogramarán la tobillera electrónica.