Bajo la consigna trumpista de Make Aguas Blancas Great Again (MABGA), el Interventor trabaja a destajo para expulsar a los bolivianos de los hospitales salteños, de los planes sociales, del padrón electoral nacional, de la navegación del río Bermejo, del comercio transfronterizo y de las rutas nacionales argentinas, a las que los desaprensivos camioneros del Norte destruyen a placer con sus antiguos y pesados vehículos.
De repente, Aguas Blancas se ha convertido en un enclave estratégico, pero no para el crimen transfronterizo organizado (que ya lo era desde antes), sino para las relaciones internacionales de nuestro país, que no están en manos del Ministro de Relaciones Exteriores y Culto del gobierno federal, como cualquiera podría suponer, sino en las de un interventor fronterizo con competencias muy limitadas, que —según atestiguan algunos sindicalistas de la zona— acostumbra a componer los conflictos internos a cabezazos.
