Pero cuando encontramos a un tucán hondeado en el pico o, como en este caso, a un cóndor fuera de su hábitat, en nuestra sociedad se ponen en marcha unos mecanismos protectores tan sofisticados que son absolutamente desconocidos cuando se trata de mujeres en peligro de muerte o seres humanos vulnerables.
Inmediatamente se pusieron en marcha al unísono la estación de fauna autóctona, la división de policía rural y ambiental y la carrera de veterinaria de la Universidad Católica de Salta. Al fin al cabo nuestro cóndor es objeto de una adoración religiosa, similar a la que se profesa a los elefantes en la India.
Al cóndor —bautizado como Puriq— lo sometieron a todo tipo de estudios, incluida una MRI, para, según el gobierno, «arribar a un diagnóstico preciso sobre el estado de salud del ave». A los que llegan retorciéndose de dolor a la guardia de los hospitales se los diagnostica a ojo y se los despacha a casa con un paracetamol, pero al cóndor, ¡Dios nos libre de dar una opinión médica sin fundamento!
Pero no solo en estas artes destacan nuestros profesionales. También son expertos en «las tareas para a futuro reinsertarlo en su hábitat natural». Para ello, a los veterinarios solo les basta con ver lo que hacen en el hospital de Orán, donde cuando curan a un aborigen, se preocupan luego de «reinsertarlo en su hábitat natural», en el mismo lugar en que ha contraído el cólera a causa de beber agua contaminada. Todo sea por evitar que el curado quiera vivir entre nosotros.
Así con los cóndores, como con los osos meleros, los tucanes, los carpinchos, los perritos incendiados y una larga fauna que en Salta goza de más derechos de ciudadanía que los propios ciudadanos.
Hay que reconocer sin embargo que los cuidados que se prodigan al cóndor que andaba medio tarumba en San Lorenzo constituyen un avance civilizatorio respecto a lo que sucedía en épocas pasadas.
En la década de los setenta del siglo anterior, un desaprensivo viandante se encontró a un cóndor adulto en las mismas condiciones y, lejos de velar por su curación y su devolución a la alta Pachamama, puso el destino del ave en mano de un hábil taxidermista ferroviario de la zona del Alto del Molino, quien lo recibió vivo en su casa.
El taxidermista esperó varios días para faenar al cóndor y lo mantuvo en una especie de megagallinero, en donde el animal permaneció cautivo con un par de pesados rieles ferroviarios en cada una de sus patas, para evitar que emprendiera el vuelo. Una noche, cuando el taxidermista y su familia dormían plácidamente, el cóndor desplegó su enorme envergadura y ganó altura, llevándose consigo los rieles atados a sus patas y parte del gallinero en el que había permanecido privado de su libertad.
Al final, la naturaleza siempre triunfa.