No estoy muy seguro de lo que opinaría el ilustrísimo historiador salteño si se enterara de que, a la misma altura que sus libros, los «académicos» reparten árboles por las escuelas, como si fueran alfajores de maicena.
Pero en el fondo lo entiendo. Lo que quieren los güemesianos marketineros es asimilar el cebil colorado al Santo Madero en el que fue crucificado Nuestro Señor Jesucristo en el Gólgota, y a su follaje aprovecharlo como material vegetal para un hipotético domingo de ramos gauchesco, en desmedro de ese árbol invasor y colonialista que es el olivo.
Antes de esto, ya se había convertido a los gauchos en apóstoles y a los cultos que preceden al 17 de Junio en la semana santa güemesiana. A Güemes se le atribuyen milagros de los más variados y los niños en las escuelas dicen de él que «fue un señor barbudo que murió por nosotros». El poncho, sin embargo, no ha logrado convertirse en la síndone debido a su apropiación por parte de una parcialidad política, pero todo se andará. Y quién sabe si después de las elecciones del próximo domingo.
Faltaba, en consecuencia, un elemento con un fuerte poder simbólico, similar al de la Cruz, para que los adoradores del general gaucho pudieran sentirse identificados y vivir en plenitud su religión junto a una feligresía cada vez más numerosa.
«Y acordaos mi general el que mi amor os puso debajo de aquel cebil y no os acordéis el que yo, como ingrato y desconocido, me olvidé de vuestro marcial amor, porque si a Vos, que sois mi héroe gaucho, no vuelvo los ojos, ¿quién otro se compadecerá de mí?», dice un pasaje del acto de contrición güemesiano, que pronto se rezará en las escuelas, antes de cantar Aurora.
En fecha no muy lejana, los juicios penales, flexibles y multipropósito, dejarán de tener por escenario salas presididas por enormes crucifijos para celebrarse debajo de un cebil colorado, fuente de toda razón y justicia. En lugar de jurados habrá gauchos fortineros con sus espadas apuntando al catre.
Me pregunto cuánto más y mejor conocerán a Güemes los alumnos de las escuelas técnicas teniendo un cebil colorado plantado en sus jardines.
Probablemente, una exposición diaria de diez minutos debajo del árbol sagrado equivalga a la lectura completa de la obra de Bernardo Frías para conocer la gesta de Güemes. Las vibraciones patrióticas del cebil deben de ser más poderosas que las de un resonador magnético a plena potencia.
Si esto es realmente así, el futuro de Güemes no estará ni en las academias ni en las bibliotecas ni en las universidades, sino en los viveros (o en las fábricas de alfajores de maicena).