De los fallecimientos ocurridos en Salta en la última década, el de Chuequito es seguramente el que más espacio mediático ha ocupado y el que, por lejos, mayor congoja ha producido. La pena por su partida es solo comparable con la que algunos han exteriorizado por el hondeo indiscriminado de tucanes en Metán.
Sin embargo, los partidarios de los desfiles –que en Salta todavía los hay muchos– proponen que los gauchos sigan desfilando, pero no encima de sus caballos, sino debajo de ellos; es decir, que cada 17 de Junio los gauchos lleven a los equinos sobre sus hombros para ellos y la gente que los aplaude que tengan una idea del esfuerzo que hay que hacer.
La infausta noticia de la partida de Chuequito se ha conocido en otro día de intenso significado patriótico. Su dueño ha expresado: “Cuando se te muere un caballo, es como perder un ser querido para un gaucho. Estaba más dolido el dueño que el resto de la gente que lo vio caer”.
Cuando el dueño escuchó el tremendo diagnóstico veterinario, entre lágrimas se puso a cantar aquello de: «Cómo pretenden que yo, que lo crié de potrillo»...
Por eso, más que morir y extinguirse, el caballo gaucho que nos ha dejado ha pasado a la inmortalidad, cualidad que solo se puede predicar de unos cuantos seres humanos afortunados.

