La razón de este cambio no obedece a un giro en las políticas de austeridad y control del gasto del gobierno nacional, ni a una mayor disponibilidad de recursos, sino a una mejoría sustantiva en la relaciones políticas entre el Presidente de la Nación (y miembros de su equipo de gobierno) y el Gobernador de Salta.
Muchos han criticado el Pacto de Güemes y lo han rebajado a la categoría de «inventario de obras», pero es que de eso precisamente se trataba. A la vista de los resultados de los últimos diez días, pocas dudas caben acerca de que Sáenz acertó con el Pacto, a pesar de las resistencias, las suspicacias y los desprecios.
Quizá lo único criticable es que han vuelto a aparecer fotografías del Gobernador de Salta visitando despachos oficiales y desfilando ante funcionarios que no están a su altura institucional. Pero este es el «estilo Sáenz», que se podrá compartir o no, pero que por el momento está produciendo unos tímidos frutos, que son muy apreciables en el actual contexto político, económico y social de la Argentina.
En resumen, que el Pacto de Güemes, con sus luces y sus sombras, es el que ha permitido reanudar una relación interrumpida y el que está propiciando que algunas obras amenazadas de paralización comiencen a albergar la esperanza de una pronta reanudación.
Probablemente, el Pacto de Güemes y el pragmatismo de Sáenz sean lo único que mantiene hoy a Salta en la agenda nacional y es deber de todos -especialmente de la oposición- reconocer este avance.