La historia de la joven y esbelta mujer asesinada con un artero «fierrazo» por su celoso marido el primer día del otoño de 1903, se convirtió rápidamente en leyenda popular en Salta y sus alrededores. Su trágica e injusta muerte dio nacimiento a un culto pagano de raíces muy profundas.
Según estoy viendo, el descabezamiento de la poderosa magistrada filokirchnerista no ha dejado el tendal de dolientes compungidos, como sí lo hizo la trágica desaparición de su improbable parienta Juana. De hecho, por estas horas no hay velas sebosas ardiendo en un puente cerca del lugar en el que la Corte Suprema decidió que Ana María ya no debía tener en sus manos el «destino» de muchas causas penales importantísimas y de gran trascendencia política.
El suceso sirve no solo para clarificar un poco el funcionamiento de nuestras instituciones y para ratificar la vigencia del recordado precedente Schifrin (pobre Lalo, no sé que tendrá que ver), sino también para certificar que hay Figueroas y Figueroas. O lo que es lo mismo, que hay Figueroas para todos los gustos, y no necesariamente parientes entre sí.
Así, mientras el recuerdo de la Juana sigue vivo y ardiente entre hollín y chisporroteos de parafina en una pequeña caverna de cemento sacudida por el paso de los vehículos pesados por la avenida Yrigoyen, el de Ana María parece sin embargo apagarse lentamente, al compás de su declive político. Las fuerzas kircheristas del Senado no consiguieron renovar su acuerdo a tiempo. Es así que 62 años después de la inmortal zamba del Coco Botelli y el Gordo Ríos, solo cabe preguntarse ¿a dónde se ha ido esta Figueroa?