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  • Herida narcisista en el nacionalismo futbolístico
  • Dentro de algunas horas dará comienzo en Arabia Saudita la disputa de la Supercopa de España.
Lionel Messi, capitán de la Selección Argentina
Lionel Messi, capitán de la Selección Argentina

Más allá de las explicaciones económicas del extraño escenario elegido por la FEF para este torneo, cierta parte de la prensa especializada y algunos dirigentes del fútbol español dicen que la elección de la Península Arábiga obedece a que tanto el Real Madrid como el Fútbol Club Barcelona (que jugarán la Supercopa junto al Valencia y al Betis) «tienen hinchas en todo el mundo».



La verdad es que esta afirmación es muy difícil de rebatir, pero así como el hecho de que los dos clubes más populares de España tienen millones de hinchas fuera del país ha disparado el «orgullo deportivo» entre sus seguidores, los mismos que hoy se sientan a contar los billetes que produce este fanatismo oriental son incapaces de explicar por qué la selección española no despierta los mismos sentimientos más allá de las fronteras nacionales.

Probablemente por esta razón (por el hecho de que «La Roja» no ha podido convertirse en un objeto de culto) es que cierta prensa en España ve con muy malos ojos que sea la Selección Argentina la que -ahora- tenga hinchas repartidos por todo el mundo.

En este país pocos entienden que las camisetas argentinas con el rótulo de «Messi» en la espalda se vendan como pan caliente y que no ocurra lo mismo con las camisetas rojas de Busquets o de Asensio.


Para estos opinadores está muy bien que haya hinchas del Madrid y del Barça en todo el mundo, pero muy mal que los haya de la Selección Argentina. Solo se puede entender esta doble moral por el hecho de que la selección española no despierta, ni queriendo, los mismos sentimientos de admiración que despiertan sus clubes.

El que un número significativo de aficionados al fútbol se haya volcado con una selección nacional es un hecho ciertamente novedoso que los sociólogos deberán analizar en profundidad en las próximas décadas. Lo curioso es que estos aficionados hayan elegido para inaugurar una experiencia inédita a la Selección Argentina, un equipo que hasta ahora no había levantado pasiones fuera de nuestro país.

Si hay algo duradero en este mundo en el que vivimos estas son las pasiones futbolísticas, por lo que no es descabellado pensar que, cualquiera sea la evolución de nuestro equipo nacional, y aun suponiendo la lógica jubilación de Lionel Messi, esos niños y jóvenes que gritaron hasta la locura alentando a la Argentina durante el Mundial de Qatar (en Bangladesh, en la India, en el Ecuador o en el Perú), lo van a seguir haciendo por mucho tiempo. Cambiar de equipo de fútbol es un poco más difícil que cambiar de pasta de dientes.


Y eso, quieran que no, es una herida narcisista abierta en el pecho de cierta prensa española, que hasta aquí pensaba que el único sentimiento futbolístico «exportable» era el que generaban sus equipos. El que haya salido la Selección Argentina a disputarles un lugar en el corazón de los aficionados que viven en países lejanos los ha desorientado, probablemente hasta los límites de la envidia.

Alguien tendrá que explicar algún día (y hacerlo a los que practican el nacionalismo futbolístico más cerrado e irrazonable) por qué un país «escasamente simpático» puede al mismo tiempo tener un equipo de fútbol admirado en casi todo el mundo. Si esto puede considerarse paradojal, desde luego hay que atribuir ese carácter al fútbol, que así como no entiende de razones tampoco suele responder con precisa exactitud a las manipulaciones del marketing.



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