Se ha interpretado esa apelación a las palabras enlatadas como un sustituto de la opinión actual y explícita de esa organización sobre el acuerdo que el gobierno de Alberto Fernández viene de suscribir con el staff técnico del organismo internacional. Mientras teatraliza un ambiguo silencio de radio sobre la posición que adoptará en el debate, La Cámpora vocea su reticencia activa, acompañando el gesto de Máximo Kirchner de renunciar a la jefatura de su bloque.
Para muchos observadores este acuerdo era inalcanzable. Ahora, cuando esa hipótesis se probó errónea, la crítica apunta a otro blanco: "El acuerdo es incumplible", sostienen.
Coincidencias de los halcones
Es interesante reparar en la coincidencia que exhiben sobre ese punto halcones de campos opuestos. Tanto los grupos más inflexibles del cristino-camporismo como el sector más intransigente de la oposición cambiemita -básicamente, el PRO, donde está prevaleciendo su ala dura-, consideran que lo que se ha acordado está llamado a fracasar. Unos piensan que ese resultado decepcionante provocará la derrota electoral oficialista el año próximo; los otros se quejan de que el fracaso monta "una bomba de tiempo" destinada a estallarle al próximo gobierno (que, suponen, tendrá su color político).Más allá de las opiniones y las censuras, conviene destacar un hecho que tiene peso propio: ante los reparos y la evidente renuencia -que a veces toma la forma de oposición explícita- de la señora de Kirchner y sus seguidores, el acuerdo con el Fondo está a unos pasos de ser aprobado y esa decisión implica una opción estratégica destinada a modificar el paisaje político interno.
El maquillaje se derrite
El oficialismo, aunque guiado por la ilusión de disimular las divergencias internas para llegar unido a las urnas de 2023, empieza a descubrir que esa confrontación es inevitable, tanto porque se va encarnando en diferencias políticas permanentes como porque en esa coalición se ha ido erosionando crecientemente la affectio societatis. Este desgaste empezó a exponerse después de la derrota en la elección de mediotiempo y se manifestó en las renuncias (en definitiva, declinables) de funcionarios camporistas, en las resistencias de los equipos camporistas del campo energético y hasta en las ácidas definiciones que filtró a la prensa la economista Fernanda Vallejos, en las que consideraba a Alberto Fernández "un okupa".El martes 1º de marzo, La Cámpora no acompañó al Presidente en su presentación ante la Asamblea Legislativa. Fernández fue respaldado en la calle por los movimientos sociales más numerosos, por la CGT y por un número significativo de intendentes del conurbano. En el recinto no estuvo el diputado Máximo Kirchner y tampoco el ministro del Interior, Wado de Pedro ("Wadito"), uno de los que en noviembre había dimitido (pero consiguió que no le aceptaran la retirada). Está claro que se va ahondando el foso entre dos corrientes y que, entre ellas, una tiene una jefatura clara y voluntad de diferenciarse, mientras la otra, todavía desarticulada y sin pleno diseño identitario, se aferra hasta ahora a la figura constitucional del Presidente, en busca de una línea de sensatez diferenciada de las anacrónicas quimeras ideológicas del cristino-camporismo. Fernández no está precisamente a la vanguardia de esos movimientos, cuyo reparo en todo caso aprovecha y trata de capitalizar.
Para estos sectores, el acuerdo con el FMI es una manera de evitar el default y una oportunidad -quizás la única- de volver a tener chances en las urnas del año próximo.
La lógica de este proceso no lleva necesariamente a una ruptura (aunque en modo alguno la excluye), pero sí a subrayar las diferencias, en lugar de maquillarlas, y eventualmente a dirimir el conflicto en las PASO. Por ahora, las diferencias se muestran en la acción: mientras el sector de Máximo Kirchner pone palos en la rueda del acuerdo, tanto en el ámbito parlamentario como en campos específicos (como la instrumentación de las políticas tarifarias), el otro sector milita por la aprobación. Al parecer ya prevalece sobre el frente de rechazo dentro del Frente de Todos y su sistema de aliados en la Cámara de Diputados. Espera también ser mayoritario en el bloque de senadores: el jefe de gabinete, Juan Manzur, teje con paciencia el respaldo de los gobernadores, que a su vez influyen sobre los representantes provinciales en la Cámara Alta. El gobierno seguramente no alcanzará una victoria con votos propios en el Senado, necesitará alguna ayuda que venga de la oposición.
La batuta de Mauricio
En la coalición opositora, sin embargo, no se visualiza unidad de criterio. El sector duro del PRO está trabajando para que Juntos por el Cambio, en conjunto, no acompañe la aprobación del acuerdo con el Fondo si el oficialismo no lo vota unánimemente. Sus voceros se muestran cada día más iracundos.En la Unión Cívica Radical, la Coalición Cívica y en fuerzas provinciales como la que conduce en Córdoba Luis Juez la severa rigidez de los halcones macristas no convence. Ninguna de esas fuerzas quiere contribuir, ni directa ni indirectamente, a frustrar el acuerdo que permite a la Argentina evitar el default con el Fondo, que equivaldría a recaer en situación de paria internacional.
Hasta el momento todo parece indicar que Juntos por el Cambio sólo está en condiciones de salvar la unidad que necesita dejando en libertad de acción a sus socios y a sus representantes parlamentarios, es decir, votando cada cual por lo que crea más conveniente. Esta circunstancia permite prever que el gobierno conseguirá la aprobación al acuerdo que solicita al Congreso (seguramente incorporando al texto pequeñas enmiendas que faciliten la ayuda opositora).
Que el acuerdo supere la prueba del Congreso a través de una convergencia práctica entre sectores moderados del oficialismo y la oposición representaría un éxito para el país y también un revés para los intransigentes de ambas coaliciones.
Putin lo hizo
El eje estratégico del acuerdo con el Fondo sin duda ayudó a anclar la posición argentina sobre la invasión del Kremlin a Ucrania a un punto de vista más realista que el insinuado por la primera reacción de la Cancillería.Tenemos aquí otro hecho elocuente: nadie ignora la propensión rusófila del sector que sigue a Cristina Kirchner (que induce a menudo al Presidente a mimetizarse).. Más allá de esa simpatía, la Argentina condenó explícitamente la invasión de la Federación Rusa a Ucrania y participó en el grupo de 141 estados que hicieron lo propio en la Asamblea General de la ONU.
Tanto, modestamente, a Alberto Fernández como, en otro plano, a las potencias occidentales fue la agresiva operación imperial de Moscú lo que los indujo a modificar comportamientos al convertir en insostenibles actitudes anteriores, sea la cooperación energética de Alemania con Rusia, sea la tolerancia de los grandes bancos occidentales con las operaciones financieras non sanctas de las elites rusas, sea la primera intención del gobierno de Alberto Fernández de mantener un calculado equilibrio sin herir la susceptibilidad de Putin. La violencia desatada por el Kremlin obligó al Gobierno a tomar decisiones que tensan la cuerda con el sector ideológicamente prorruso de su coalición.
Hemos señalado aqu´que el oficialismo argentino tiene sin duda un grave problema intestino que le impide reaccionar rápido frente a situaciones muy demandantes. Tendrá que hacerse cargo de eso, porque el vertiginoso escenario global reclamará un timón firme y ágil.
De lo que no se trata,, por cierto, es de reclamarle reacciones pavlovianas como lo ha venido haciendo un sector de la oposición y sus expresiones mediáticas, empeñadas en dibujar un escenario de ángeles y demonios, de culpables e inocentes absolutos.
La palinodia sobre que "se debió haber repudiado desde el primer momento" la invasión a Ucrania o de que "el repudio aun es insuficiente", omite y oculta lo central: el país está reorientando su postura ante el mundo. Que lo haga empujado por los hechos y con cierto gradualismo no parece imprudente. Como lo muestran los hechos, también han sido gradualistas las grandes potencias occidentales al aplicar las sanciones que fueron poniendo paulatinamente en práctica, evaluando responsabilidades y consecuencias sobre sus intereses nacionales antes de hacerlo. Más vale pensar antes con la cabeza que con la lengua.