La noche había caído pesadamente sobre la ciudad. Ya al atardecer, unas nubes oscuras y densas se habían adueñado del cielo urbano. Por encima de las montañas que jalonan el valle por el sudeste se asomaban otras que parecían derramarse sobre las cumbres, en un claro anuncio de temporal.
Aún con este amenazador panorama, una discreta cantidad de entusiastas peronistas se había reunido en torno a la tarima montada junto a un paredón, en el que todavía aparecían pintadas consignas de las elecciones de 1962 y 1963, no todas ellas favorables al partido que realizaba el acto.
La Lista Amarilla luchaba no solo contra los millones de su oponente (y contra sus pocos escrúpulos), sino también contra cierta dispersión interna (muchos de los que la componían entonces no tardaron en dar el salto y sumarse a las filas rivales) y, aquella noche, también contra el tiempo, que no le era favorable.
A la tribuna subió primero un viejo profesor, que excedió el tiempo de su discurso y motivó que los organizadores le llamaran la atención. Luego, un conocido martillero público, del que decían era miembro del «club de los cinco» (de los sin-cogote), cruel apodo que se había ganado por la escasa longitud de sus cervicales.
Entre tanto, la multitud daba saltos de alegría frente a la antorcha de unos videoaficionados que captaron el momento justo en que un fornido líder barrial interrumpió abruptamente sus saltos para darse vuelta en busca de uno que acababa de tocarle el trasero.
El orador principal y máximo candidato aún no había llegado. Según cuentan, se había entretenido en la casa de un ingeniero de origen sirio intentando proyectar un vídeo VHS sobre una sábana blanca. Otros dicen que su ocasional chófer -un robusto dirigente de la zona del Valle de Lerma- tenía ocupado el auto en la recogida de sus hijos, que, gracias a la ayuda consciente o inconsciente de su jefe- asistían a uno de los mejores colegios religiosos de Salta.
Al animador del mítin no le sobraban recursos verbales y, antes de ponerse a contar chistes (en aquella época no se hablaba de stand-up comedy), se dirigió a los presentes agradeciendo de corazón su presencia al pie del escenario, «a pesar de la lluviosa» (sic).
Pudo haber dicho, «a pesar de la lluvia», pero dijo «de la lluviosa».
No caían chuzos de punta, pero la precipitación era persistente y molesta. El que había instalado y manejaba el equipo de sonido no había encontrado dónde practicar una buena toma de tierra, de modo que el animador, con un micrófono pelado y sin protección, se arriesgaba a una descarga eléctrica mortal.
Pero «la lluviosa» fue más fuerte que el entusiasmo de la militancia. Las «bases» comenzaron a abandonar el lugar, bien es verdad que muy lentamente. El líder y candidato no llegó nunca, a pesar de que el canal de la avenida 16 de Septiembre (una fecha «bien peronista») no se había desbordado. La desilusión fue mayúscula.
«La lluviosa», molesta y disuasoria, terminó convirtiéndose en la excusa ideal para justificar la suspensión cautelar del mítin. «El locutor puede electrocutarse», dijeron los organizadores.
El VAR, sin embargo, no arrojó un resultado concluyente. No hubo señalamiento del punto del penal y la noche de Villa San Antonio epilogó, para algunos, debajo de un frondoso chañar, y para otros, en un conocido cabaret de la calle Córdoba al mil quinientos, que ofrecía no solo una mejor protección contra las inclemencias del tiempo, sino una privacidad a prueba de bombas.