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  • La historia que nos es más cercana adeuda un extenso y merecido reconocimiento al esfuerzo solidario y altruista de mi tía María Antonia Figueroa (1921-2015), que supo hacer compatible su vocación docente, ejercida durante más de cinco décadas, con su permanente inclinación hacia la ayuda social.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

María Antonia colaboró estrechamente en actividades sociales con esa ilustre dama que fue doña Blanca Etchevehere de Saravia Valdez. Lo hizo -especial pero no exclusivamente- en la Colonia Mi Hogar, que se hallaba ubicada en Río Ancho, en la misma frontera brava entre el Departamento de la Capital y el de Cerrillos, en la margen occidental de lo que hoy es la ruta nacional nº 68.



La Colonia estaba emplazada a unos pocos metros de lo que por entonces eran -y supongo que ya no lo son- las ruinas de la vieja escuela de Río Ancho: un edificio precario de un color que se intuía fue rosa intenso durante su época de esplendor, construido de adobe y con un techo de paja que ya no cobijaba a nadie. Cada vez que pasábamos por allí, mi madre se acordaba que trabajó en aquella vieja escuela durante los primeros quince años de su larga carrera docente. Con el tiempo, la vieja escuela fue sustituida por un nuevo edificio, emplazado ya definitivamente en territorio cerrillano, junto al camino que lleva a la finca Los Álamos, en el nacimiento de la recta de Cánepa.

Por entonces, el desarrollo institucional de la lucha contra la tuberculosis era muy alto en Salta, en donde los esfuerzos en el campo de la salud pública eran complementados de una forma muy eficiente por instituciones privadas, como la Colonia Mi Hogar (que hoy lleva el nombre de su fundadora) y otras, a las que mi tía también aportaba su esfuerzo solidario.

A comienzos de los años 70' del siglo pasado, María Antonia fue invitada a un programa del viejo Canal 11 de televisión, dedicado a temas de salud, que conducía el recordado doctor Cruz.

En aquellas épocas no había video tapes, de modo que los programas locales se emitían en riguroso directo, con la presencia simultánea de los presentadores y de los invitados en los mismos estudios del canal. Los errores en la exposición de los invitados no se podían subsanar con la edición y solo en casos muy excepcionales se recurría al corte de la transmisión para evitar males mayores.

Algo así le sucedió al eminente jurisconsulto y poeta doctor Abel Mónico Saravia -principal figura del programa Charlas culturales- a quien una brisa traicionera, azuzada por los potentes focos del estudio, hizo que se le ardiera la barba en pleno directo cuando intentaba encender una hermosa pipa.

Para prevenir cualquier incidente, mi tía preparó al milímetro su intervención televisiva, comenzando por redactar un discurso, escueto pero preciso, en el que destacaba, por sobre cualquier otra consideración, que los niños hospedados en la Colonia Mi Hogar eran «niños sanos de padres enfermos».

De lo que se trataba, obviamente, era de acabar con las suspicacias y evitar que aquellos pequeños sufrieran discriminación por vivir acogidos en un hogar vinculado a la lucha contra la tuberculosis.

La futura entrevistada repitió entonces la muletilla durante varios días, hasta el punto de que algunos de sus sobrinos, que la escuchaban, se la aprendieron de memoria; casi -diría- mejor que ella.

Pasados los años y tras el brillante desempeño de María Antonia ante las cámaras, la Colonia Mi Hogar experimentó un gran crecimiento y una reafirmación de su destacado papel social. Había más actividad y más trabajadores, contando con la incorporación de una experimentada cobradora de contribuciones, a la que le dieron el trabajo como recompensa al mérito de su inveterada laboriosidad.

A finales de los años ochenta, algunos de aquellos empleados agradecidos decidieron obsequiar a mi tía, con motivo de las fiestas de fin de año, con una media docena de pollos frescos, recién eviscerados, listos para rellenar y meter en el horno.

Fue entonces que María Antonia pidió a uno de sus sobrinos que la llevara en su coche a recoger los pollos.

Grande fue la sorpresa de todos cuando la amable señora que, en nombre de la Colonia entregó la canasta con las aves fue interpelada por el sobrino, quien antes de aceptar el regalo (que no era para él) le dijo a la benefactora: «Me los llevo, pero si usted me asegura que son pollos sanos de gallinas enfermas».

En ese momento, todos se miraron y estallaron en una carcajada. Era la demostración no solo de un eslogan que había calado hondo, sino también de que la preparación minuciosa, el pulimiento de las ideas y los conceptos, asegura la coherencia y la calidad de un discurso; y que las improvisaciones -especialmente las léxicas- son malas consejeras.



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