Se sabe desde hace bastante tiempo que el uso del bidet, seguido de un prolongado lavado de manos, es la mejor herramienta para prevenir la salmonelosis, así como cualquier otra enfermedad producida por agentes patógenos que habitualmente viven en los intestinos del ser humano.
Los argentinos, que reniegan mucho de los europeos y en particular de los franceses, deben a estos sin embargo la saludable costumbre de tener un bidet en sus cuartos de baño. Lo curioso es que aunque en el país en el que fueron inventados ya prácticamente no se usan, en la Argentina -a pesar de los vaivenes de su economía- sigue siendo un artefacto muy demandado.
Probablemente ningún accesorio doméstico como el bidet refleje mejor el carácter contradictorio y contestatario de los argentinos, hasta el punto de que sus hábitos de uso pueden también llegar a explicar por qué motivo quienes toman decisiones en este país lo hacen muchas veces desafiando las leyes de la razón y lejos de lo que aconseja el sentido común.
La higiene de aquella parte del cuerpo es tan importante para nosotros, que uno de los insultos más socorridos consiste en invitar a un indeseable a que se lave aquella oscura zona corporal.
Antes de su instalación fija en las habitaciones francesas -aproximadamente a mediados del siglo XVIII- el bidet era un aparato portátil con estructura de madera, cuerpo de loza y una tapa tapizada en gobelino, que cuando no se utilizaba para la higiene personal servía como asiento para las visitas.
Cuando era necesario utilizarlo para sus fines específicos, se le quitaba la tapa y la persona necesitada se montaba sobre el bidet como si fuese un pony, dejando la parte estrecha del cuerpo enlozado hacia adelante y la parte más ancha detrás.
La evolución de las costumbres hizo que los bidets se trasladaran desde las habitaciones (donde fueron colocados para que se encontraran más cerca después de mantener relaciones sexuales) a los cuartos de baño, en donde ya no fue necesario disimularlos con maderas y gobelinos y adoptaron la forma de un artefacto muy parecido al clásico retrete, pero con una finalidad muy diferente.
La traslación del artefacto de un sitio a otro provocó sin embargo algunos problemas operativos, pues si antes era relativamente fácil saber cómo utilizarlo (cómo se debía sentar sobre él la usuaria o el usuario), cuando pasó a ser un artefacto del cuarto de baño, pocos sabían si utilizarlo mirando a la pared (en cuyo caso accedería más fácilmente al comando de los grifos) o si, por el contrario, debía sentarse en la dirección opuesta, que facilitaba que el chorro diera en la diana, pero hacía penoso el control de los comandos, pues generalmente uno operaba a ciegas.
Un invento de Satanás
El asunto no merecería la más superficial de las reflexiones si en algún momento de nuestra historia, que cabe situar a finales de los años sesenta del siglo XX, a alguna mente perversa se le ocurrió diseñar un aparato diabólico llamado multifaz, que servía -y aún sirve- de plato de ducha y de bidet al mismo tiempo.Por ahorrar en espacio y en loza, alguien planteó un reto mucho más complicado que el de simplemente sentarse de frente a la pared o mirando al vacío.
Para empezar, el multifaz dispone de una superficie sentable mucho menor, de modo que exige de los usuarios un gran sentido de la orientación y una precisión que debería calcularse con láser. En invierno, el contacto con la losa helada de los multifaces es capaz de cortar la circulación de las posaderas hasta del menos friolento de los usuarios. En verano, sin embargo, no proporciona un alivio especial.
El segundo problema estriba en que si alguien se sienta sobre el artefacto dando la espalda a los comandos, estos, por la altura a la que están colocados, resultan inaccesibles; o, al menos, mucho más difíciles de acceder que los grifos de un bidet «normal». Quien desee lanzar el chorro desde esta posición (el que no quiera provocar un accidente irreparable lanzando por equivocación el agua caliente en vez de la fría) debe ponerse en cuclillas, juntar ambas manos a la mayor distancia posible de su espalda y a la altura de la cabeza. De repente, una simple operación de higiene se convierte en una tortura de la guerra de Indochina.
No es mejor la situación de quien encara el multifaz mirando hacia los comandos. En este caso, el usuario o la usuaria tropiezan con el inconveniente de que la superficie del plato de ducha es escasa para poder colocar los pies dentro del aparato. Pero esto sería lo de menos, pues el verdadero riesgo consiste en abrir el grifo equivocado y, en vez de lanzar el chorro inferior, dar paso a una ducha helada en el momento en que uno -vestido- menos la necesita.
Si pudiéramos hacer la comparación entre la higiene personal íntima y la tarea de conducir la nave del Estado, se podría decir que para los argentinos los intríngulis que plantean la convivencia y los problemas comunes se parecen más a los de un multifaz que a los de un bidet común.
Enlos primeros días de abril de 1976, mientras visitaba a un hijo que se encontraba escondido para que no lo pillaran los salvajes que usurparon el poder el nefasto día 24 de marzo, un hombre entró a una vivienda que le era desconocida, un día en el que la lluvia había dejado algunas calles hechas un barrizal.
Tras visitar a su hijo y fundirse con él en un emocionado abrazo, aquel hombre se vio de repente obligado a pedirle a la dueña de casa el baño. Todo pareció ir bien, hasta que otros dos hijos que lo acompañaban descubrieron que el hombre había entrado al multifaz por el procedimiento "b".
¿Cómo lo supieron? Muy simple. Las huellas de su calzado embarrado se encontraban en la superficie blanca del plato de ducha, pero no solo en el fondo, como podría llegar a suponerse, sino también en ambos estribos laterales, lo que reveló a los improvisados peritos que su padre -un hombre corpulento- había intentado hacer pie de todas formas posibles hasta encontrar la posición más segura para no caerse al vacío o resbalar en la ducha.
Se podría decir, para concluir, que quien acierta manejar un multifaz con la destreza requerida puede, sin problemas, conducir los destinos del país, que, de largo, son menos complicados de entender.