Se refiere -claro está- al centro de la ciudad que la señora Romero (con grandes dificultades) gobierna, por solo utilizar una expresión que se ajusta a los textos legales pero no a la realidad.
De esta sorprendente decisión destaca, sin dudas, aquella parte que dice que el empeño de la intendenta es el de ordenar de una vez el caos, la irregularidad, el desarreglo, el desgobierno, el trastorno y el desbarajuste que existe en el centro de la ciudad.
1) Como que la decisión de ordenar el centro se ha adoptado por fin, o
2) Como que las tareas para lograr el ansiado orden se ejecutarán de un solo saque.
Antes de entrar en la complejidad filosófica de esta ambigua expresión, hay que recordarles a los que habitan la ciudad, que ningún gobernante toma decisiones personales cuando hay leyes que les obligan a adoptar ciertas medidas.
Hace años, una persona cercana al gobierno de Urtubey había dicho que el Gobernador «había tomado la decisión de combatir al narcotráfico», como si hacer o no una cosa como esta dependiera exclusivamente de su voluntad.
Sucede lo mismo con el «orden» del centro urbano. La intendenta Romero no puede elegir si hacerlo o no. Está obligada y sin escapatoria posible. Decir que «ha tomado una decisión en tal sentido» es lo que decía el rey Louis XIV cuando se le antojaba algo, como pedirle un kilo de helado al heladero de Versalles. Es el absolutismo del siglo XVI importado a una república democrática del siglo XXI.
La señora Romero no decide qué hacer con el centro de la ciudad, ni cómo hacerlo. El artículo 7º de la Carta Orgánica Municipal de la ciudad de Salta -que curiosamente tiene incisos desde la a hasta la z- le señala, con toda la precisión de nuestro alfabeto, qué es lo que el Intendente debe hacer. Sus «decisiones» cuentan más bien poco.
Pero volviendo a la expresión «de una vez», es bastante raro y más bien incomprensible, que la señora Romero, que lleva sentada en su sillón casi dos años (un poco menos de la mitad de su controversial mandato), decida ahora poner orden en el centro, cuando este espacio urbano ya era caótico cuando ella llegó, aunque ahora -lógicamente- lo sea mucho más.
Decir «¡Puf! Ya me tiene harta ese desorden» en octubre de 2021, cuando debió hacerlo en diciembre de 2019, es una actitud impropia de cualquier gobernante serio y responsable.
Si cuando la señora Romero asumió su cargo hubiera dicho «Aquí estoy yo para acabar con el desorden», aunque no hubiera cumplido con su anuncio, no se le podría reprochar nada. Pero decirlo ahora y disfrazar su ineptitud como una «decisión personal» es no tener idea por dónde pasa la frontera entre la dignidad de las personas y el ridículo.
En segundo lugar, está por ver si la señora Romero -que no ha sido capaz ni de parchar las calles bombardeadas de Salta- será capaz de dar un solo volantazo para corregir el problema. Sus antecesores no han podido hacerlo, a pesar de que -con un poco más de inteligencia que ella- se dieron cuenta que erradicar la venta ambulante y el comercio ilegal de las calles del centro es una tarea muy parecida a la de tumbar una heladera; es decir, hay que balancearla varias veces en sentidos opuestos para, por fin, conseguir que caiga a tierra. Esto es todo lo contrario a «de una vez».
Mañana, también por YouTube y con decoración de banderas, Romero nos podrá decir: «He tomado la decisión de barrer las calles y recoger la basura», que quedará igualmente bien con esa audiencia fiel que confía en ella para que en las peatonales no encontremos más esas carteras falsificadas y esas bombachas baratas.
La señora Romero solo podrá «ordenar» el centro «de una vez» con carros de asalto y fuerzas antidisturbios dotadas de escudos y cascos. Y una vez que consiga el «orden» deseado (más o menos como los generales Videla y Harguindeguy a finales de los ‘70) solo podrá mantenerlo con cámaras, con drones y con cachiporras, modernos sucedáneos de los campos de concentración que aquellos militares sembraron por todo el país.
El que incurre en excesos sociales muy probablemente se interne también en el resbaladizo terreno de los excesos políticos.
Para arreglar el centro de Salta siempre será preferible recurrir a personas más sencillas y menos presuntuosas, como aquellas que dedican una esquela a un señor al que en vida apodaban «la Chancha» y firman el aviso así: «Los amigos de la Chancha: Pelao, Bocha, Cacho, Pirucha, Zocato, Malambo, Porota, Chaguanco, Kuky, Cabezón, Rengo, Chirusa y Marota».
Son ellos los que deberían gobernar Salta, pues en una ciudad como la nuestra las nuevas Nefertitis desentonan un poco.