A pesar de sus características particulares, algunos antecedentes de la revolución rusa se pueden rastrear en la Revolución Francesa, así como en otros movimientos revolucionarios más o menos radicales anteriores a 1917.
La llegada de la televisión a Salta forma parte, sin dudas, de este último tipo de sucesos históricos. O es cero, o es uno; true or false. No hay un punto intermedio.
Si, como dice el Diccionario, televisión es ese «sistema de transmisión de imágenes a distancia a través de diferentes medios electromagnéticos, y que se reproducen posteriormente en un aparato receptor», el nacimiento de la televisión en Salta solo puede situarse en un momento histórico muy bien determinado y mejor documentado: el del comienzo de las emisiones regulares del primer canal de televisión por cable que existió en Salta.
La fecha es la del 7 de mayo de 1964. Sostener que ocurrió antes es como decir que la rueda ya existía antes del Neolítico.
Los que simplifican (o falsifican) la historia quieren hacernos creer que todos los avances civilizatorios que con enorme sacrificio —y, en algunos casos, con apreciable retraso— ha podido hacer la sociedad salteña en los últimos 200 años (la supresión del tranvía urbano, la central telefónica automática, la radio, la televisión por cable, la erradicación de la tuberculosis o el paludismo, o los sistemas de saneamiento urbano) se deben atribuir solo a dos o tres personas «elegidas» o «iluminadas».
En realidad, cuando Salta ha dado un salto de calidad en materia de progreso, lo ha hecho gracias al impulso concertado de un conjunto muy variado y muy plural de visionarios y emprendedores, que supieron unir sus fuerzas para lograr un objetivo común que superaba las posibilidades —especialmente económicas— de cada uno de ellos.
La televisión, qué duda cabe, no se inventó en Salta. Pero sus beneficios civilizatorios eran ya bien conocidos en nuestra Provincia por quienes desde la década de los años 30 venían experimentando con diversos medios físicos de transmisión de señales (tanto alámbricos como inalámbricos) a través de las distancias. Nada se podría haber logrado en Salta en materia de televisión sin el impulso y la convicción de aquellos estudiosos experimentadores que, ya en los años 60 y con muy escasos recursos, habían logrado consolidar a la radio como medio de comunicación de masas.
En Salta, tanto la radio como la televisión fueron el resultado de la fructífera cooperación entre técnicos salteños y porteños, a los que se sumó posteriormente la aportación de importantes empresarios —especialmente, comerciantes— comprometidos con la idea de progreso. Poner a estos últimos por delante de los primeros no es solo un error histórico poco dispensable: es una injusticia mayúscula y una inadmisible forma de manipulación de la historia.
Está muy claro que los unos no podrían haber logrado lo que se proponían sin los otros, y viceversa. Sin embargo, lo que no se puede hacer de ningún modo es borrar de la historia a los que dieron los primeros pasos y creer, por comodidad o por conveniencia, que solo la fuerza del dinero o la ambición estuvieron detrás de la llegada de la televisión a Salta, que, por cierto, no fue una conquista «de clase», sino un avance pensado en su momento tanto para el entretenimiento ligero, como para la difusión de la cultura, la educación y ciertos estándares de comportamiento en sociedad, de la forma más amplia y democrática posible.
No caben dudas de que la historia está abierta a todos y que es razonable que existan interpretaciones diferentes de unos mismos hechos. Pero pienso que es obligación para los recién llegados a la historia ser prudentes y acudir no solamente a las fuentes documentales de la época sino también —en la medida que sea posible— intentar reconstruir el pasado a partir de los testimonios de quienes vivieron en primera persona los sucesos que se intenta narrar. Despreciarlos o contradecirlos no solo es historical inaccuracy; es también un pecado de soberbia.