Siempre me ha llamado la atención que los funcionarios en Salta, nada más sentarse en su sillón, experimenten una irrefrenable tentación de impartir clases magistrales y pronunciar pomposas conferencias, como si todos ellos llevaran en su interior a un docente reprimido que, por fin, encontró a quien enseñar todo lo que sabe.
La sabiduría —qué duda cabe— confiere poder. Pero no sucede así a la inversa; es decir, el poder per se no convierte en sabio a quien lo detenta.
En Salta, vivimos intensamente la paradoja de funcionarios con mucho poder pero con muy poca autoridad. Por eso, quizá, es que algunos buscan inconscientemente organizar «capacitaciones» para su variada clientela. Nada mejor para colmar sus propósitos autocomplacientes que dirigir la mirada hacia el interior de la Provincia (especialmente a intendentes y concejales, a los que se supone absolutamente brutos) y hacia profesiones a las que se considera «superficiales».
Así han surgido en Salta secretarios y subsecretarios que «enseñan» a los convencionales municipales, de cualquier sitio que no sea la capital, a redactar su carta municipal. Porque ellos, pobrecitos ignorantes, no sabrían ni siquiera cómo empezar. A los concejales hay que enseñarles también a examinar cuentas, a formular su presupuesto, a destituir a su intendente, etc. La autonomía municipal y la famosa «mirada federal» simplemente no existen en Salta; son un mero adorno constitucional.
No hay dudas de que todos debemos aprender y hacerlo a lo largo de toda nuestra vida. El problema, a mi entender, es que debemos aprender de personas u organizaciones cuya misión fundamental y primigenia sea la de enseñar: Las universidades y sus docentes, por ejemplo.
Por eso, los gobernantes, así como los legisladores, los jueces e, incluso, los colegios profesionales, los sindicatos o las parroquias no deben usar a los ciudadanos como conejillos de indias para juegos de aprendizaje y ponerse a impartir conocimientos.
La profesión del periodista
Afortunadamente, pocas profesiones hay más libres que la del periodista. Pero quizá por estar desregulada, quizá porque (felizmente) no existe un colegio profesional que los agrupe, quizá porque se ejerce en lugares un poco más variados que una sala de juicios o un quirófano, y seguramente porque desde el poder se alimenta la creencia de que la mayoría de los periodistas son venales y manipulables, algunos funcionarios se creen con derecho a «enseñar» a los periodistas cómo hacer su trabajo.Pero, precisamente, en la libertad más amplia de los periodistas para hacer su trabajo se esconde uno de los secretos de la democracia.
No veo por qué tenga que venir un funcionario con poder a decirles cómo deben informar sobre un determinado asunto. En mi opinión, debemos dejar que los periodistas interpreten la realidad como mejor les venga en gana. Si hubiera un juramento hipocrático en el periodismo, este no podría ser otro que un compromiso eterno con la verdad.
Pero de lo que estoy seguro es de que los periodistas —y especialmente las periodistas— tienen una formación más que suficiente para desempeñar esta tarea.
Entiendo que un escritor de alta nota o un académico de la lengua tal vez pueda intentar enseñarles a escribir mejor (es decir, a mejorar la forma); pero no entiendo, ni justifico de ningún modo, que un juez —por el solo hecho de ser juez— se eleve por encima del resto de los mortales, se falsifique como enseñante, y termine instruyendo a un periodista sobre cómo informar un juicio por jurados, pues esto es meterse con el fondo, no con la forma.