Pocos meses antes del anuncio de su candidatura a senador nacional por Salta, Urtubey había dicho a su entrevistador favorito que «ya había sido de todo» (en Salta); que no tenía nada más para ofrecer a los salteños y que no se debía esperar nada de él, que no fuera —claro está— la anhelada concreción del sueño para el que «se preparó toda su vida».
Una enorme proporción de sus reflexiones son descaradas copias textuales de escritos publicados con anterioridad por otras personas; algunas conocidas, otras no tanto. Urtubey nunca los citó, a pesar de que era y sigue siendo muy fácil localizar en Internet las publicaciones originales.
La estrategia de utilizar ideas ajenas en aquellas rojizas columnas continúa, pero, después de varias denuncias de plagio, Urtubey se ha decidido a mencionar a los autores de las ideas.
Con una particularidad muy visible: Tras reproducir íntegramente párrafos ajenos, el exgobernador salteño remata la faena diciendo: «La elocuencia de fulano de tal me exime de mayores comentarios».
Pero es que cuando esto sucede, no hay comentarios, ni mayores ni menores. El exgobernador se considera a sí mismo «eximido» de darnos a conocer su propio pensamiento y, en aras de la brevedad, deja que otros hablen por él.
El intento de Urtubey de «intelectualizarse», después de haber dejado el gobierno de Salta y fracasado como candidato vicepresidencial antikirchnerista en las elecciones de 2019, es muy evidente. Quizá era la única salida que tenía, después del gran fiasco que supuso que la universidad sevillana de Loyola y la inglesa de Cambridge negaran, casi al unísono, que el exgobernador de Salta iba unirse a sus claustros como «profesor invitado», como Urtubey mismo se había encargado de decir en Salta.
Las circunstancias políticas —y probablemente también las personales— han bajado de un hondazo a Urtubey de la torre de marfil en la que pretendió encerrarse todos estos años. Sus «columnas» ya dicen poca cosa, porque se ha dado cuenta de que posar como académico e intentar dar clases de alta política desde un pretendido supremacismo intelectual lo aleja mucho de su objetivo.
Para paliar ese déficit, Urtubey se ha visto obligado a «desintelectualizarse» a marchas forzadas, tarea para la cual no ha tenido mejor idea que convocar a su esposa actriz para que, con su crecida popularidad, lo ayude en una campaña que se le resiste como ninguna.
En un gesto que la honra, durante todos estos años, su señora esposa ha venido haciendo un encomiable esfuerzo por poner distancias y marcar diferencias sustantivas con los artistas kirchneristas, que hoy viven sus peores horas. Se ve que el amor es capaz de derribar muros ideológicos.
Dentro de un par de semanas sabremos con certeza si este descenso al llano del engreído exgobernador que «ya fue todo lo que se propuso», que nada más tiene para ofrecer a Salta y que ahora viene desde su retiro dorado a sacrificarse para salvar a los pobrecitos salteños, cercados por las penurias y la cruedad de la motosierra, le reporta votos o termina de hundirlo para siempre.