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  • Los concejales salteños gustan de llamarse a sí mismos «legisladores».
Concejo Deliberante de Salta
Concejo Deliberante de Salta

El título –autoimpuesto, como corresponde– les inflama el alma de orgullo, les empuja a hacer gestos grandilocuentes y les predispone a emplear palabras pesadas todo el tiempo, como para que quede bien claro en el ecosistema mediático dónde reside la «alta política» en Salta.



Esta explosiva combinación de orgullo y potencia aboca a una sólida mayoría de concejales a la ímproba tarea de identificar y corregir –desde sus pupitres– todas y cada una de las injusticias de este mundo.

Muchos (y muchas) pierden de vista que los concejos deliberantes son cuerpos muy limitados en cuanto a competencias, tanto sobre las personas, como sobre el territorio, o sobre las materias. Las normas que elaboran no pasan de ser mandatos subordinados de naturaleza puramente administrativa, que deben sujetarse siempre a una ley que ellos no pueden crear ni modificar, pero quisieran.

Concejales y concejalas de Salta están pendientes de asuntos que exceden, no ya sus competencias materiales, sino también sus capacidades morales. Sancionan normas cuyo nivel de acatamiento y observancia se encuentra por debajo de cualquier mínimo. Pero no les importa que no se cumplan: Para ellos lo importante es «legislar», o lo que es lo mismo, dejar su huella personal en el «digesto».

La política «de cercanía», las preocupaciones vecinales, los problemas del entramado urbano o la regularidad de la administración local son problemas secundarios frente al enorme universo de asuntos que late allí afuera, en el mundo exterior, del cual el concejal o la concejala no quieren sentirse excluidos. «Si Trump opina de lo que se le antoja, ¿por qué no nosotros?», se preguntan.

Bajo el lema «nada de lo humano me es ajeno», el concejal salteño destaca por su pobre conexión con la ciudad en la que sirve y por su muy estrecha vinculación con el mundo que la circunda. Al concejal salteño no le preocupan tanto los basurales, los yuyarales, los barrios en tinieblas, el caos circulatorio o la contaminación visual, como le preocupan y le desvelan el autismo, la celiaquia, el consumo de sal, las enfermedades neurodegenerativas, el trabajo infantil, la desnutrición, la microbiota, el síndrome del túnel carpiano o la mala comprensión lectora.

Para ellos, el municipalismo es una reducción de la realidad. Es por este motivo que, a pesar de su pequeñez institucional, ellos y ellas quieren hacerlo todo a lo grande, porque –¡quién sabe!– algún día quizá den el salto a la fama y lo mejor es entrenar el ego desde ahora.



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