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  • Aplausos a ruego
  • Habiendo en el ámbito judicial tantos profesionales de la psicología, y tan buenos, es una pena que la mayoría de ellos se dedique a los tratamientos menores ‘para sofrenar los impulsos’ de ciertos delincuentes, y que a ninguno o a ninguna se le haya ocurrido la idea de explorar las causas profundas de lo que se podría llamar la «self-conciousness» que padecen ciertas instituciones públicas.
Imagen ilustrativa
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No debe haber nada peor para un órgano constitucional que verse obligado a salir a buscar, organizada y obsesivamente, el aplauso de aquellos a los que tiene que servir.



Quien hace un buen trabajo y sus procedimientos respetan las normas vigentes, no tiene ninguna necesidad de andar presumiendo de autoridad mediante la multiplicación de notas escritas de apoyo.

Dicho en otras palabras, la autoridad no se demuestra con documentos más o menos bien redactados sino con una alta estatura moral.

La proliferación de escritos de apoyo solo sirve -en el mejor de los casos- para dejar a la vista de todos la propia debilidad institucional y la peligrosa inseguridad personal de quienes integran estas instituciones acomplejadas.

El juicio sobre la eficiencia de una institución cualquiera no puede efectuarse nunca en base a la contabilidad de escritos de apoyo y de rechazo. Hay formas mucho menos sesgadas de hacerse una idea de los errores y los aciertos de alguien, que empezar a contar los tuits y los retuits a favor y en contra.


El aplauso a ruego denigra a quien lo pide, aunque lo haga en las sombras y haga aparecer las notas de apoyo como producto de la pura espontaneidad de que quienes las suscriben. Rebaja también la sinceridad y credibilidad de quien lo otorga, normalmente atenazado por el temor reverencial.

Rodearse de aduladores dóciles es la mejor forma de perder todo contacto con la realidad, y probablemente el método más infalible para eludir el fatal y necesario enfrentamiento con los problemas.

Quien, por debajo de los conflictos aunque operando temerariamente en ellos, desea íntimamente convertirse en supremo intérprete constitucional, no puede -sin arriesgarse a caer en el ridículo- entregar a sus ocasionales aduladores un escrito que diga que nuestra Constitución prevé «exámenes abiertos, rigurosos y participativos».

Ninguna de estas exigencias figura en nuestra Constitución (de hecho, es casi imposible saber lo que es un examen «participativo»). Pero aun si llegasen a figurar, siempre será mejor hacer algún esfuerzo por cumplir con estas metas, que ponerse a repartir panfletos por las oficinas y rogar para que los firmen.

Los psicólogos deberían tomar cartas en el asunto y evitar que las inseguridades personales tomen por asalto a una instituciones que -se supone- deben afirmar su autoridad y su prestigio, no en el aplauso de pago sino en la alta consideración social de su propio desempeño.



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