Puestos a imaginar más nombres fantasiosos para calificar a la futura «emergencia», correspondería en primer lugar destacar la necesidad de una emergencia «psicoambiental» («psycho-environmental»), que tendría la ventaja de abarcar, a la vez, a los incendios forestales y a los exorcismos que practica la iglesia católica, que han entrado -gracias a Limache- en profunda crisis.
Antes, de paso, sería útil que el Grand Bourg declarara una emergencia «educativa», pero solo en la materia de geografía y reservada a la profesión de meteorólogo.
Es más: La ciudad de Salta en su conjunto, con permiso del Concejo Deliberante, debería ser renombrada como «Emergentópolis» y ese nombre -un poquito largo- debería ser impreso con aerosol indeleble en las nuevas ambulancias que compró el gobierno, cuya complejidad -según parece- supera largamente a la de las ambulancias de Houston, Texas.
Menos mal que tenemos nuevas ambulancias, pues con todo lo que está cayendo (incluyendo los baldazos que arroja el helicóptero sobre las sedientas agujas teletransmisoras de la cima del cerro 20) no iba a faltar algún gaucho o gaucha que le pidiera al Gobernador que declare la emergencia «ambulancieril», renovable semestralmente por la Legislatura y anualmente por simple decreto.