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  • Libertad económica
  • Las vacas vienen tirándose pedos aun antes de que el ser humano pisara la faz de la Tierra. Ya en el pleistoceno, estas ventosidades eran insoportables.
Imagen ilustrativa
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Por supuesto, la ganadería organizada ha multiplicado de forma asombrosa el número de cabezas y extendido la superficie de los territorios dedicados a la cría y el engorde de vacunos, lo que ha convertido a los gases que expelen estos animales y que se producen en su tracto gastrointestinal en un problema bastante serio.



Sin embargo, la propuesta de un impuesto que grave a los ganaderos por las vacas que poseen es particularmente ineficaz para abordar el problema de las emisiones y el cambio climático. Al parecer, de lo que se trata en realidad —al menos en el caso de la Argentina— es de profundizar el control estatal sobre la producción económica.

Pero entre nosotros el problema es otro. La sola enunciación de la propuesta ha disparado una ráfaga de textos humorísticos que no hacen otra cosa que distraer a los lectores de la realidad que se esconde detrás de una propuesta como esta.

¿A quién no le gusta publicar en los medios digitales serios la famosa tétrada caca-culo-pedo-pis? Es lo que intentan algunos medios al presentar la iniciativa de imposición sobre los gases intestinales de los vacunos como un cuento infantil travieso, en lugar de lo que realmente es: una grave violación de la libertad económica.

En principio, satanizar a las vacas y hacerlas corresponsables de las emisiones de gases de efecto invernadero es una notable exageración. Porque este enfoque ignora por completo la otra cara de la moneda: el impacto complejo, en buena medida compensatorio y muy probablemente positivo neto, del pastoreo en las emisiones totales de carbono.

Se ignora también que la naturaleza no funciona con ecuaciones simples y estamos lamentablemente desinformados sobre el rico e inmodelable mundo de la ecología estocástica.

Algunos políticos no parecen dispuestos, por ejemplo, a imponer cargas adicionales sobre las emisiones que producen la climatización y el transporte de la gente común (incluidos los desplazamientos aéreos), que en conjunto eclipsan las del sector agrícola-ganadero.

Si la producción de carne de vacuno y leche realmente representara un riesgo climático tan existencial, ¿por qué no gravar simplemente a los consumidores de carne de vacuno y leche, quienes, después de todo, son la verdadera fuente de producción de las indeseadas emisiones? Ningún político en la Argentina quiere ser señalado como el que subió el precio de asado, de la leche o de la manteca.

Políticamente, es mucho más fácil y rentable perseguir a los agricultores y ganaderos, sabiendo perfectamente que cualquier carga económica sobre lo que ellos producen repercutirá de todos modos en los consumidores; solo que entonces la culpa será de los agricultores, no del gobierno.

Es un viejo truco, una especie de esquema de blanqueo de capitales para contrarrestar el impacto regulatorio.



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